sábado, 4 de enero de 2014

EL AMOR SOBREPASA LAS INTENCIONES DE CUPIDO cap 1


Esta historia es una adaptación de la original escrita por Jennifer Shirk la cual lleva por nombre "A Little Bit Cupid". Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para adaptarlos a la historia.


El amor sobrepasa las intenciones de Cupido
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Capítulo Uno




Casi siete años llevaba en el mundo de la fotografía Sakura Haruno y cansada de fotografiar las bodas de sus amigos y ex novios había decidido por fin mudarse a otra ciudad. Pese a todo seguía pensando que ser la fotógrafa de la boda de alguien sería lo más parecido a ser la novia de la propia boda. A menos que la  boda fuese, también de uno de sus ex. Pero no podía negarse, pese a todo él era su amigo. Esta sería sin duda alguna la ultima boda de un ex a la que accedía a ser la fotógrafa… claro, ya todos sus ex novios se habían casado, solo faltaba este.


La brillante novia y el novio hicieron un gesto final mientras Sakura tomaba la última foto. Bajó la cámara y suspiró. Era hora de marcharse, gracias a Dios, solo deseaba llegar al departamento que llevaba ocupando hace menos de un mes. No estaba segura de que hubiera podido soportar un minuto más. No es que no quisiera ver a Kiba felizmente casado con otra persona. Lo quería. Después de todo, y fácilmente se había dado cuenta de que realmente no lo amó —no de la manera en que se lo merecía— y obviamente él no la había amado tampoco. Se tragó el nudo que se atoró en su garganta y se fue a buscar el estuche de la cámara.

Por lo menos rompieron en términos amistosos, y por eso accedió a ser su fotógrafa en su boda. Pero eso no significaba que una punzada de envidia no le hubiera atravesado el corazón al comienzo de la ceremonia y que doliera más con cada beso en la recepción.

Sakura notó la forma en que la pareja se miraba. La forma en que compartían sonrisas secretas durante la noche, exponiendo el enorme agujero en su corazón y la soledad de su vida. Fue entonces que se dio cuenta de algo que estaba completamente mal en ella: nunca se había enamorado. No completamente y de verdad.

Y dudaba de que alguna vez pasara.

Sakura removió la correa de su cuello justo a tiempo para ver a la madre de la novia, cubierta de seda verde, agitando una chequera en dirección a ella. —¿No adoras las bodas una semana antes del Día de San Valentín? —dijo con una voz cantarina.

Para una mujer soltera, la boda de alguien más y el Día de San Valentín, significaba una doble de tortura. Pero dado a que la madre de la novia firmaría el último pago por sus servicios de fotografía, Sakura puso una educada sonrisa y asintió, después de todo creció acostumbrada a demostrar emociones que no sentía.

La mujer soltó una carcajada en pleno auge. —¡Ja! No tienes que estar de acuerdo conmigo, sabes. Todavía te voy a pagar —dijo, sacando su pluma. Y fiel a su palabra, firmó el cheque y se lo entregó inmediatamente a Sakura.

Sakura se rió entre dientes, metiéndolo en el bolsillo de su chaqueta. —Está bien, quizás no. Pero fue una hermosa boda —día de San Valentín o no— y espero que su hija Hinata y Kiba tengan años de felicidad. Es agradable ver a alguien encontrar el amor, por lo menos.

La mujer chasqueó la lengua. —¿No tienes cita para San Valentín?

Sakura se enfadó ante la presunción, aunque fuera cien por ciento cierto. —No, yo…

La mujer levantó su mano fuertemente anillada. —Tómalo con calma. Soy una madre de dos chicas y hermana de otras cinco. Me he convertido en experta en entender el lenguaje corporal y el tuyo está emanando “San Valentín es un táctica de marketing!”

—No sabía que fuera tan transparente.

—Sólo para un ojo entrenado —dijo con un guiño—. Sin embargo, no dejes que las bodas te desanimen. Eres una chica linda. Encontrarás el amor verdadero muy pronto y tal vez tengas tu propia boda en San Valentín.

Sakura guardó la cámara en su estuche, y cuando la cámara hizo un sonido de click, levantó la mirada. —Sin ánimo de ofender, señora, pero dudo que eso ocurra. He dejado de buscar el amor. Y quizás está destinado para algunos, pero Cupido parece haber perdido la flecha para mí, bromeó aunque no con mucho humor.

Los ojos de la mujer se llenaron con simpatía mientras acariciaba el brazo de Sakura. —Bueno, nunca se sabe, querida. Cupido aún puede encontrar la flecha. Ten una linda noche.

—Gracias. Usted, también.

Una de las damas de honor llamó y la mujer fue a la dirección del bar. Si Sakura no estuviera tan cansada se hubiera dirigido a tomar algo, también. Pero añadir alcohol a su estado de ánimo ya voluble no sería buena idea, la mañana siguiente debía de madrugar.

—Disculpa, muñeca —dijo una voz fornida detrás de ella.

Se dio la vuelta y se encontró con un hombre bajo y rechoncho con un esmoquin mal colocado y unos espirales en su cara. Tenía el cabello castaño desordenado y una tez rojiza que sospechaba podría haber sido causada por un cóctel de más. Si él que la llamara muñeca no la puso a la defensiva, la sonrisa escalofriante y ansiosa seguro que lo hizo.

—No pude evitar escuchar tu conversación sobre el amor verdadero —prosiguió.

Oh, genial. Un metiche. Rodó sus ojos, sin molestarse en ocultar su exasperación. —Mira…

—Permíteme que me presente —dijo, estirando su mano regordeta en el bolsillo de su chaqueta y sacando una tarjeta de negocios rosada.

Ella dudó en tomarla, pero no quería ser grosera. Una tarjeta de negocios rosada no era exactamente prometedora, tampoco. Pero había sido una noche larga, y como era una boda, ella decidió seguirle la corriente. La tarjeta decía: Choji A. Cupido III.

Uh. Su apellido era Cupido. Gracioso, considerando que ella había estado hablando de amor. Luego miró más de cerca la tarjeta y su estomago cayó. Oh, no.

¿Experto en el amor?

Ugh. Él no estaba tratando de coquetear con ella, esto era mucho peor. Trataba de convencerla para que se inscribiera en un servicio de citas online. No es que ella no lo hubiera intentado ya. Simplemente no había funcionado. En esos mismos sitios ella había conocido un montón de hombres que fingían edad, o estados civiles y mujeres que se habían hecho pasar por hombres. Definitivamente, tampoco era lo suyo.

Metió la tarjeta de nuevo en su palma. —Buen intento, amigo. ¿Qué eres, una especie de aprovechador de bodas, esperando a acosar a las mujeres solteras y deprimidas? No estoy interesada. —Agarrando el estuche de la cámara y el abrigo, ella lo esquivó y se dirigió al vestíbulo del hotel.

—¿No estás interesada en tu destino? —preguntó, siguiéndola muy de cerca.

—Nop.

—Lo dudo. Además, te haría bien escuchar lo que tengo que decir.

Lo dudaba. Apresuró el paso. —Te lo dije, no estoy interesada.

Es lo que encuentras en las bodas —desconocidos miembros de la familia, coreografías improvisadas, y gente pregona con servicios de búsqueda de parejas.

Dio un paso fuera del hotel en el gélido aire de Boston y arrojó su abrigo sobre sus hombros. El hombre no la siguió, lo cual fue un alivio, y un taxi se detuvo tan pronto como llegó a la acerca. Finalmente, la noche iba como ella quería.

Entró en la cabina, arrastrando su equipo fotográfico. —Cinco veintiuno, calle Snow Hill —le dijo al conductor.

—Entendido, muñeca —dijo el taxista mientras entraba al tráfico.

¿Muñeca?

Su mirada fue al espejo retrovisor y sus ojos se encontraron. ¡El tipo Cupido!

Ella se quedó sin aliento. —Pero, ¿cómo…? ¿No estabas justo…?

Él soltó una carcajada y casi dejó caer el cigarro que colgaba de sus labios. —Ya te dije, no puedes escapar de tu destino, Sakura.

La sangre se drenó de su rostro. ¿Cómo sabía su nombre? Ella nunca se lo había dado. Espera, tenía que calmarse. Eso no fue sorpresa. Fácilmente podría habérselo pedido a la madre de la novia o quizás Kiba se lo dijo. Pero eso no significaba que no la asustaba.

El tráfico del centro desaceleró la velocidad del taxi, y ella dejó escapar un suspiro tembloroso. Esta era su oportunidad para alejarse de él. Colocó una mano en la puerta, debatiéndose entre saltar, cuando de pronto él alzó la mano derecha y movió sus dedos. Autos en la calle Newbury se separaron de él como el Mar Rojo.

Eso llamó su atención.

—Está bien, ¿quién eres? —Su corazón latía tan fuerte que su voz Lo vio fruncir el ceño en el espejo retrovisor. —Pensé que leíste la tarjeta. Soy Choji A. Cupido III. Experto en…

—El amor —concluyó con impaciencia—. Sí, lo entendí. Sin embargo, no perteneces a un servicio de búsqueda de parejas, ¿no?

—No me insultes. Mis servicios van más allá del dinero, muñeca. De hecho, si no fuera por mí y mi familia, las compañías de búsqueda de parejas ni siquiera existirían.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué eres tú, entonces? ¿Eres una especie de…. ángel?

Por favor, sé un ángel. Por favor, sé un ángel.

O por lo menos algo bueno y amable y no un chupador-de-almas.

—Nah. Nada tan poderoso. Soy Cupido. Bueno, no el Cupido. El hijo de Cupido. Sin embargo, soy el siguiente en la línea del trono. Si es que hay un trono —murmuró.

Oh Dios mío. ¿Cupido es real? ¿Y tiene un hijo? Se echó hacia atrás en el asiento de la cabina. —¿Q... Qué es lo que quieres de mí?

—He venido a ayudarte —dijo en una manera que sonó como la respuesta fuera obvia.



—Ayudarme —repitió. El hijo de Cupido, que fumaba puros y se veía como Pedro Picapiedra, quería ayudarla. Ella se pellizcó. Fuerte.

Tenía que salir de esta pesadilla de Freddy Krueger.

—Sé que estás pensando —dijo después de un minuto.

Su cuerpo se puso rígido. —¿Puedes leer mentes, también?

—Nah. Pero he aprendido de personas como tú en la escuela. —La diversión subió en su tono—. Tu reacción es el clásico libro de texto del caso debo-estar-soñando.

—Me alegro de ser tan predecible —murmuró.

—Así que, ¿dejarás que te ayude?

Entrecerró los ojos. —¿Ayudarme con qué, exactamente?

—Encontrar tu alma gemela y enamorarte.

Enamorarme.

Quiso reírse, a pesar de que su promesa de amor verdadero era muy tentadora. Allí estaba ella, pasando la madura edad de treinta y un años, y nunca se había enamorado. Sin embargo, de alguna manera, ¿Él haría que todo sucediera finalmente ahora? ¿Se había comido algo caducado en la recepción? Trató de recordar. Todo parecía demasiado ridículo. Demasiado simple. ¿El hijo de Cupido entraba en su vida y le concedería todo lo que ella siempre ha querido? Sí, claro. Tenía que haber algo más en la historia. Como todo en su vida, estaba segura de que había una trampa.

—Bueno, señor Cupido, esto se ve muy bien a simple vista. Pero que pasa si yo, uh ¿no quiero hacerlo? ¿Suponiendo que estoy feliz con las cosas como son? Ya sabes… —Se aclaró la garganta—, sin amor. ¿Qué pasaría entonces? ¿No ganarás tus alas de Cupido o algo cursi como eso?

Choji se detuvo frente a su edificio de departamentos. Después de estacionar, con calma exhaló una nube de humo, y luego puso sus serios ojos oscuros en ella. —No, nada cursi en absoluto. Es sólo que si no me dejas ayudarte… todo el amor dejará de existir en la tierra.


Continuará...

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