Esta historia es una adaptación de la original escrita por Jasinda Wilder la cual lleva por nombre "Stripped". Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para adaptarlos a la historia. Además la histora contiene contenido sexual explícito.
Vulnerable
.
Capítulo Cuatro
Voy
al funeral. Por supuesto que lo hago. Ino me lleva. Ella sostiene mi mano,
envuelve su pequeño brazo alrededor de mi cintura y me sostiene cuando bajan el
ataúd dentro del suelo. Durante el discurso me siento con Ino, lejos de mi
padre. Él no mira hacia mí. Ni siquiera una vez. Él actuó tan fuerte durante el
discurso y el servicio, como si fuera un perfecto pilar de la Santa fe. Lo
odio.
Lloro
otra vez. Pensé que había derramado todas mis lágrimas, pero más se deslizan
con libertad. Saco la cámara de mi bolso y filmo la primera palada de tierra
golpear la parte superior de madera de roble del ataúd de mamá. Las personas
están boquiabiertas de mi osadía, mi puro descaro. No me importa. Es la última
escena de su película, la grabación final de la vida de Mebuki Haruno.
Cuando
todo ha terminado, me aferro al brazo de Ino e intento respirar mientras
tomamos nuestro camino cuidadosamente a través de la hierba y entre las
lápidas. Mis tacones se pegan en el suelo, mojado por una lluvia reciente.
—¡Sakura,
espera! —Escucho la voz de mi padre.
Me
detengo y giro. Asiento con la cabeza hacia Ino por lo que continúa su camino
al coche. Espero a papá que corre hacia mí. Él está luchando contra las
lágrimas mientras jadea parándose frente a mí.
Se
limpia el rostro con su palma.
—Odio
como están las cosas. Tú eres todo lo que tengo.
Sus
padres murieron cuando yo tenía nueve años, y los padres de mamá murieron antes
de que yo naciera. Él es todo lo que tengo, también.
—Tampoco
me gusta la forma en que las cosas están, papá.
Me
río... Sollozo. —No, no me voy a quedar. Podría quedarme si pudieras aceptarme
por quién soy. Apoyar mis decisiones, incluso si no estás de acuerdo con ellas.
—Realmente
vas a mudarte a Los Ángeles, ¿ya sea si quiero o no?
—Sí,
papá. Me voy a Los Ángeles, no importa qué. Tú eres mi padre, y yo quiero
amarte. Quiero tener una relación contigo. Pero si no puedes entender que voy a
vivir mi vida a mi manera, ¿por qué molestarse? Nunca me has entendido y nunca
quisiste intentarlo. Nunca has aprobado nada de lo que hago, todo lo que me
gusta. No entiendes por qué bailo. No entiendes por qué quiero hacer películas.
Y lo peor es, que ni siquiera vas a intentar de entender.
Cambio
de sitio mi bolso más alto sobre mi hombro y encuentro sus ojos, suplicándole
por última vez.
Él
sólo me mira fijamente.
—Sakura,
¿no podemos llegar a algún acuerdo?
—Mutuo
acuerdo ¿cómo? ¿Quieres decir qué renuncie a la escuela de cine para hacerte
feliz?
Él
sube sus hombros.
—Bueno...
no renunciar a lo que quieras, simplemente llegar a un punto medio.
—No
hay ningún medio en esto, papá. Me voy, de una manera u otra. Sea o no que
tengamos una relación cuando deje de depender de ti. Nuestra relación está en
ti.
Sus
ojos se endurecen, y él mete sus manos en su bolsillo.
—Bien,
entonces. Sé un hijo pródigo.
Me
río.
—Dios,
eres tan dramático. No soy un hijo pródigo, estoy haciendo lo que es correcto
para mí. Simplemente no puedes aceptar eso. —Enderezo mi espalda y endurezco mi
corazón—. Adiós, papá.
—Adiós,
Sakura.
Ninguno de los dos dice: "Te amo." No hay abrazos. Espero a que
él cambie de opinión. Él no lo hace. Me alejo entonces, camino hacia el auto de
Ino y me deslizo en el asiento del pasajero. Ino pregunta:
—¿Estás...
—Estoy
bien. —Aprieto mi mandíbula para no llorar de nuevo.
—Bueno,
eso es una puta mentira, pero mientras te ayude a superarlo —Ino echa un
vistazo hacia mí, sus ojos preocupados.
—No...
Él simplemente no lo dejará ir. Él no tiene nada que le importe.
Froto
mis ojos con las palmas de mis manos, tratando de alejar la quemazón.
—No
va a aceptar lo que quiero hacer, y no voy... No voy a dejarlo quedarse con mi
vida.
Las
lágrimas surgen a continuación. No puedo evitarlo. Sólo algunas caen, y no me
molesto en limpiarlas. No me importa si mi maquillaje se está corriendo.
—¿Y
ahora qué? —pregunta Ino.
Me
encojo de hombros.
—¿Ahora?
Me mudo a Los Ángeles.
—¿Sola?
Asiento
con la cabeza.
—Supongo
que sí.
El
resto del camino a casa de Ino es silencioso. Ella no sabe qué decir, y yo
tampoco.
Ino
camina conmigo hacia la puerta de seguridad en el aeropuerto. Todos mis bienes
caben en una maleta y una bolsa de lona, que han sido verificados. Sólo he
volado una vez, hace dos años por mis dulces dieciséis, viajé a Nueva York con
mamá. Ella me había ayudado en el proceso. Abrazo a Ino, le digo adiós. Ahora
estoy sola.
Me
doy vuelta y agito la mano una última vez hacia Ino, y luego me enfoco en el
control de seguridad. Un hombre mayor con anteojos gruesos se sienta en un
escritorio, su camisa del uniforme azul brillante. En mi mano tengo el
documento de embarque de papá que Ino imprimió para mí.
—Licencia
de conducir —dice sin mirarme.
Cavo
en mi bolso, encuentro mi licencia, y se la muestro. Me da un vistazo, en la
ID, garabatea algo sobre mi tarjeta de embarque, y luego me hace señas.
Alrededor mío, la gente parece saber lo que están haciendo. Veo a la mujer
delante de mí abandonar sus tacones, saca un grueso portátil negro de su
equipaje de mano y coloca eso en un recipiente blanco. En uno separado va su
bolso, licencia, tarjeta de embarque, y los zapatos.
Sigo
su ejemplo, saliendo de mis balerinas y poniéndolas en un recipiente con mis
otras pertenencias. Espero mi turno para entrar en una cosa que se ve como algo
de Star Trek, una pared espiral en un recinto de vidrio circular. Me dijeron
que levante mis brazos sobre mi cabeza, y la máquina gira a mí alrededor.
¿Qué
pasa si me quieren revisar? No tengo nada que esconder, pero estoy ansiosa de
todos modos. Ellos me pasan sin un segundo vistazo, y recupero mis cosas. El
proceso completo parece... vergonzoso, extrañamente íntimo.
Empresarios
en trajes andando penosamente en calcetines de vestir, las mujeres en pies
descalzos, compatibilizando sus pertenencias y tratando de mantenerse fuera del
camino del otro, y al mismo tiempo los hombres y mujeres del TSA, la administración
para la Seguridad en el Transporte de Estados Unidos, que visten camisa azul
miran apáticamente, gritando las instrucciones y mirando serio.
Encuentro
mi puerta después de pasar las librerías, tiendas libres de impuestos,
restaurantes, y grupos de viajeros con mochilas y audífonos, rodando el
equipaje de mano con manijas largas. Todo el mundo está con otra persona.
Veo
otro viajero solitario en mi puerta, un hombre de unos treinta años con una
barba de chivo cuidadosamente cortada y un maletín de aspecto caro. Él tiene
tres teléfonos celulares en su cinturón y una chaqueta cubierta sobre su brazo,
y está leyendo con precisión un papel doblado del New York Times. Me echa un
vistazo, mira por encima de mí y me descarta. Nadie más parece verme.
Nunca en mi vida me he sentido tan sola. Tengo mi iPod y un libro en
rústica de Breath, Eyes, Memoyese que
Ino me dio. No estoy segura de por qué pensaba que necesitaba este libro, pero
es algo para pasar el tiempo. En la hora que espero, dejo de lado mi propia
vida y me pierdo en las luchas de otras personas.
El
vuelo es largo y aburrido. Termino el libro a medio camino y luego estoy
atascada sin nada que hacer más que escuchar mi iPod en "repetición".
Hojeo un catálogo de Skymall.
El
aterrizaje es brusco y rebotador, y el aeropuerto de Los Ángeles es enorme y
confuso. Todavía se siente como que esto podría ser un sueño, como si pudiera
despertar en mi cama en casa, y mamá estará allí, viva, y me hará el almuerzo.
Finalmente,
encuentro la recuperación de equipaje y espero por mis maletas. Hay un nuevo
rasgón en el lado de mi bolsa de lona.
Sigo
las indicaciones hacia la salida, y cuando las puertas de cristal se deslizan
abiertas, soy asaltada por una ola de calor seco. De pronto, todo parece más
real. Tengo cuatrocientos dólares en el bolso, la mitad de eso es mío, guardado
de mi asignación. El resto es un regalo de los padres de Ino. Es todo lo que
tengo. Cuatrocientos dólares.
Un
viaje en taxi desde LAX a USC cuesta $40, y me quedo con $360 dólares a mi
nombre. No he comido desde que salí de la casa de Ino, por lo que me retumba el
estómago. Estoy muy nerviosa y asustada para comer. El taxista es un gran
hombre, corpulento, silencioso, negro con rastas finas colgando de sus hombros.
No dice una palabra. Cuando llegamos a la USC, simplemente apunta a la tarifa
de metro y espera con expectación.
Pago, partiendo el dinero
de mala gana.
USC
es enorme. Sigo a otros jóvenes de aspecto de mi edad, algunos iguales de
asustados. La mayoría de ellos tienen sus mamás o papás con ellos, algunos los
dos. Nadie me habló.
Sigo
a la multitud a una oficina de un enjambre de personas. Hay una orientación, un
recorrido por el campus. Los mapas son entregados junto con agendas baratas.
Mi
dormitorio es una caja con literas en un lado, un estrecho, poco profundo
armario, y un pequeño escritorio para computadora, que supongo que pertenece a
mi compañera de cuarto. Es de color blanquecino, y hay una
ventana delgada en una esquina con sucias persianas blancas inclinadas a un
lado, dejando un resplandor opaco desde el exterior.
Mi
compañera de cuarto ya está ahí, sentada en el pie de la cama, hojeando una
edición de la revista Vanity Fair.
Ella es unos centímetros más baja que yo, diversas tallas más pequeñas y
preciosa como una modelo.
Su
maquillaje es perfecto. Su cabello rubio ondulado, brillante y perfectamente
peinado. Sus ropas son caras, y perfectas. Sus uñas están arregladas al estilo
francés, y hay un monedero Dooney&Burke
ubicado en la cama junto a ella, un iPhone asomándose de la parte superior.
Me
sonríe, asimila mi atuendo, ropa sin marca, pero no barata, una falda hasta la
rodilla, una ajustada pero modesta camiseta cuello V, balerinas muy
desgastadas, y su sonrisa se atenúa un poco.
Claramente
está poco impresionada.
—Así
que, ¿eres una actriz? —Pregunta. Ella parece una versión cinematográfica de
alguien de "El Valle".
—No.
Voy a entrar en producción.
—Oh,
¿cómo, aquellas personas detrás de las cámaras? —
Ella reboza desprecio
mientras dice esto.
—Sí,
supongo.
—Eres
del Sur —señala.
—Sí.
Soy de Macon.
—Eso
está, ¿cómo, en Alabama?
La
miro y me pregunto si ella está bromeando.
—No,
en Georgia.
—Oh.
Soy Hotaru Tsuchigumo. —Ella no se ofrece para sacudir mi mano.
—Sakura
Haruno.
—Sakura.
¿Cómo la flor?
—Sí,
mi nombre traduce algo así como campo de primavera de los cerezos en flor.
Me
encojo de hombros. Ella sonríe hipócritamente y se vuelve a rasguear su
guitarra. Su teléfono suena, y coloca la guitarra a un lado, cruzando sus
piernas y pulsando en el teléfono. Esto continúa durante todo el tiempo que
estoy desempacando.
No
tengo ningún posters, ni decoraciones excepto la foto con
Mamá en Nueva York. No
tengo un ordenador portátil, o un teléfono. Veo un ordenador portátil en el
escritorio de Hotaru, una gran MacBook plateada.
Cuando
desempaco, suelto los extremos. Hotaru sigue enviando mensajes de texto o lo
que sea que está haciendo. Son las cuatro de la tarde del miércoles, y las
clases no empiezan hasta el viernes, y entonces tendremos el fin de semana
antes de que el semestre se ponga realmente en marcha.
Subo
la escalera y luego me tumbo de lado y miro hacia la pared, extrañando a mi
mamá. Ella me diría que deje de estar abatida y encuentre algo que hacer.
Explorar la ciudad, baila. Hacer una película.
En
cambio, me acuesto en la litera de arriba y me pregunto si he cometido una
equivocación al venir aquí.
Continuará...
CAPÍTULO 3 < -- . -- > CAPÍTULO 5
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