Esta historia es una adaptación de la original escrita por Jasinda Wilder la cual lleva por nombre "Stripped". Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para adaptarlos a la historia. Además la histora contiene contenido sexual explícito.
Vulnerable
.
Capítulo Diez
No
puedo respirar. Estoy detrás de la cortina en Noches Exóticas, esperando para salir a mi primer baile en el
escenario de viernes por la noche. Mi corazón está palpitando, late tan fuerte
que juro que veo los golpes debajo de mi piel. Mi estómago está agitándose con náuseas,
tan fuerte que no estoy segura de terminar este número sin vomitar. Me obligo a
respirar profundamente. Puedo hacer esto. Nada ha cambiado. Nada es diferente.
Pero
es una mentira. Una gran mentira. Todo es diferente. Yo soy diferente.
La
respiración profunda se convierte en un quejumbroso gemido en la parte
posterior de mi garganta. Mei está terminando su baile, y ahora Kabuto me
presenta. La multitud de hombres se vuelve loca. Incluso oigo algunas voces
femeninas. Todavía me resulta extraño que mujeres visiten clubes de striptease
como este.
—...
Por favor ayúdenme a darle la bienvenida a... ¡Suyen! —Kabuto grita en el
micrófono.
Mi
señal. Paso mis manos sobre mi estómago como si eso lo fuera a calmar, y luego
por mis caderas. Tengo que obligar a mis pies a moverse, me esfuerzo por entrar
al escenario. Los silbidos, aplausos y gritos obscenos aumentan a un crescendo.
Las luces me ciegan. Tengo que parpadear varias veces, y miro detenidamente el
mar de rostros. No veo a nadie conocido, gracias a Dios.
Cierro
los ojos, haciendo lo mejor para calmar mis nervios y luego comenzar mi rutina.
Los abro y miro la media distancia, sin mirar ninguna cara. Como de costumbre,
al final, tengo más de cien dólares en billetes de uno, cinco, y algunos de
diez. Las lágrimas se mezclan con el sudor en mi cara.
Corro
de nuevo a los vestuarios y al pequeño cuarto de baño, dejando caer el puñado
de billetes en el tocador cuando paso. Cierro la tapa del inodoro y me siento
en ella, dejando que las lagrimas fluyan.
La
cara de Sasuke surge en mi mente.
No perteneces aquí. Eres
mucho más que este club de mierda.
Todo
lo que puedo ver, sin embargo, es la dureza bloqueada en sus ojos mientras nos
sentamos en la cena de negocios. Tomé notas, intervine con algunas ideas, y
fingí no ver el dolor persistente tras la expresión cerrada de Sasuke. Hizo que
Ibiki me llevara a casa y me acompañara hasta mi puerta.
Antes
de irse, Ibiki me entregó una tarjeta de negocios.
—Si
necesitas algo, llámame. —Se secó la frente con los nudillos—. Esto es de mi
parte, no de él.
Cuando
me levanté a la mañana siguiente, el Rover estaba de vuelta en el
estacionamiento, y las llaves estaban en mi buzón de correo con una nota.
Tenía
tres palabras: Mantente a salvo. Estaba
firmada con una casualmente teatral letra “S”
y nada más. Sigo caminando a clase, pero conduzco al trabajo, estoy agradecida
por su consideración, incluso en nuestra situación incómoda.
Un
puño golpea la puerta del vestuario.
—Vamos,
Sakura —Kabuto grita—. Tiempo de trabajar en el suelo. Es un viernes animado y
no tenemos tiempo para tus tonterías emocionales.
Me
salpico agua en la cara, retoco mi maquillaje, y trabajo. Odio esta parte tanto
como bailar en el escenario. Estoy cara a cara con la lujuria cruda.
Gano
una fortuna, lo cual es bueno, porque la matricula debe de pagarse pronto. Hago
dos números más en el escenario, y lloro después de cada uno.
Dejo
el escenario después de mi último baile, lloro, retoco mi maquillaje, y golpeo
el suelo por algunas ultimas mesas y bailes. Son casi las tres de la mañana, y
el club está casi vacío, a excepción de unos pocos tipos esparcidos
por sí solos o en pequeños grupos. Estoy a punto de marcar mi salida cuando un
hombre hace gestos hacia mí. Es joven y guapo, vestido con lo que era un traje
de lujo, excepto que ahora la chaqueta está arrugada, su camisa desabrochada y
la corbata sacada. Su torso está desnudo entre los bordes de su camisa cara,
moreno y de aspecto duro y ondulante de músculos. Sus ojos están vidriosos y
desenfocados, está sudando y la mano que sostiene la cerveza tiembla
ligeramente. Me observa ávidamente, su mirada fija permanece en mis pechos y
mis caderas. Inconscientemente ato de nuevo el nudo en mi camisa para
asegurarme de que mis pechos permanezcan en su lugar, y su mirada se estrecha
en el gesto.
Me
detengo a pocos metros de él.
—Cinco
dólares por un table dance, diez por un baile.
Él
saca un billete de veinte, doblado en cuatro partes, y lo extiende entre el
índice y el dedo medio.
—Solo
baila para mí. Ven para acá. —Sus palabras se arrastran, pero su mirada es
aguda y de aspecto peligroso.
Un
escalofrío recorre mi columna mientras me obligo a acercarme a él. Tomo oxigeno
y me muevo un poco. Observa, levantando la botella de cerveza a sus labios a
intervalos frecuentes. Lo hago más sexy, balanceando mis caderas, doblando la
cintura para dar un vistazo de mi escote. Me esfuerzo más, y él sonríe.
—Da
la vuelta —dice.
Me
doy la vuelta y agito el trasero hacia él al mismo tiempo, al ritmo de la
canción pop de los altavoces internos. Arqueo mi espalda y me inclino hacia
delante, empujando mi trasero hacia su cara. Siento sus manos tocarme, y me
alejo de él.
—Ah-ah.
No toques.
Él
no responde, sólo sonríe con una mueca lasciva de sus labios.
—Quítate
la camisa, nena.
Sonrío
hacia él.
—Eso es solo para los bailes del escenario. Esto es lo que hay en el
piso. ¿Quieres que traiga a Mei o Hana para ti?
Él
busca en su bolsillo y saca un fajo de billetes de cien dólares y cuenta diez.
Los enrolla, y los mete en el bolsillo trasero de mis pantalones cortos,
empujando el otro fajo en el bolsillo de su pantalón.
—Dije...
quítatela —susurra la última parte
con claridad y lucidez, y mi piel se eriza por la amenaza de la violencia en su
voz, por el furor de su mirada.
Retiro
el dinero enrollado y se lo devuelvo.
—Lo
siento, señor, pero eso no es lo que hago.
Él
me mira con desprecio, luego saca el fajo de dinero nuevo. Lo empuja todo hacia
mí.
—Eres
ambiciosa, ¿eh, perra? Son casi cuatro de los grandes allí. Ahora. Enséñame tus
pechos.
Retrocedo
ante él.
—No
lo creo.
Dejo
mi voz endurecerse, y miro alrededor por Jūgo,
el gorila. Él está mirando desde la silla junto a la entrada y se levanta
cuando muevo mis dedos hacia él.
El
cliente mira a Jūgo de pies a
cabeza, todo su metro ochenta, y luego de regreso hacia mí.
—¿Qué
clase de maldita stripper eres tú, perra? ¿Ni siquiera te quitas la camisa por
un baile? Mierda. No es como si te hubiera pedido que me lo chuparas o alguna
mierda. Vengo a un bar de striptease esperando ver algunos pechos. ¿Vas a
rechazar cuatro mil dólares para hacer lo que haces de todos modos? Perra
estúpida.
Asciende
tambaleándose a sus pies mientras apura su cerveza. Busca a tientas el fajo de
dinero, entonces maldice en voz baja y lo tira sobre la mesa.
—Joder,
joder, y jódete. —Se tambalea hacia la puerta, con Jūgo detrás de él. Se detiene, vacilante, se da vuelta y mira
hacia mí, y algo en su mirada me da miedo. Jūgo le da un pequeño empujón hacia la puerta, y luego se había ido.
Recojo el dinero de la mesa, lo cuento y hay tres mil novecientos en
billetes de cien y de cincuenta. Echo un vistazo a Mei, Hana, y Guren, que
cuentan sus propias ganancias en el bar, mientras que beben margaritas. Mei
está todavía desnuda excepto por su tanga, sus enormes pechos rebosan con
brillo de algún tipo. Hana y Guren están en batas abiertas hasta sus ombligos.
Yo soy la única de las chicas que trabaja en el club que se queda vestida...
excepto cuando estoy bailando en el escenario. No es que la camisa cuente como
vestida, necesariamente, ya que mis pechos están al descubierto, básicamente.
Las
tres mujeres fingen no verme. Mei está trabajando para mantener un techo sobre
su cabeza y de su hijo adolescente, Hana tiene un hijo autista con necesidades
médicas especiales, y Guren es como yo, trabajando para pagarse la escuela.
Todas ellas están tan desesperadas por dinero en efectivo como yo.
Cuento
el dinero, añadiendo cientos de mis propinas, dividiéndolas uniformemente en cuatro
partes, luego, deposito las pilas de miles de dólares frente a cada una de las
otras chicas.
—Realmente
no hice nada para ganar esto —digo—. Es justo que lo reparta.
Mei
me lanza una mirada de agradecimiento.
—No
tenías que hacer eso, cariño. Era tu mesa.
Me
encojo de hombros.
—Está
bien. En realidad él no quería dejarlo, estaba demasiado ido para regresarlo en
su bolsillo.
Las
chicas se ríen, aunque hemos visto a todos los hombres irse demasiado borrachos
como para siquiera saber su nombre. Generalmente, sin embargo, no dejan miles
de dólares por ahí. Todas las chicas me abrazan como agradecimiento, terminan
sus bebidas, y cuentan sus propinas. Me siento en la barra, pero Kankurō me trae una Sprite, él sabe
que no bebo. Con el gran extra, he sacado más de mil quinientos esta noche, lo
que significa que tendré lo suficiente para pagar la universidad y todavía
comprar el nuevo par de zapatos de tacón que he estado necesitando para la
pasantía. Kabuto se había ido alrededor de la medianoche, dejando a Kankurō y Jūgo cerrar. Las chicas salen antes que yo, así que el Explorer de Kankurō, el F-350 de Jūgo, y mi Rover prestado son los únicos
autos en el aparcamiento.
Me
vestí con pantalones de yoga, sandalias, y una camiseta de color rosa suelta
que se desliza alrededor de un hombro. Estoy agradecida de tener un sostén de
nuevo, pasar tantas horas sin uno se siente incómodo, dado el tamaño y el peso
de mis pechos. Jūgo sale conmigo porque me estacioné cerca de la parte
posterior del lote. Se dio cuenta al otro lado que había olvidado las llaves y regresó.
El
estacionamiento está vacío y estoy a sólo veinte metros de donde he aparcado,
así que no espero. Una farola ilumina con un naranja enfermizo el borde del
lote, echando sombras largas y profundas. He hecho esto docenas de veces, pero
por alguna razón, mi piel se eriza.
Me
detengo en el centro, pensando en regresar y esperar a Jūgo a acompañarme hasta
mi auto, pero está justo ahí. Hago clic en el botón, desbloqueo, en la tecla
del mando del Rover y las luces parpadean y se encienden. Mientras me acerco,
el pelo en la parte de atrás de mi cuello se levanta. Mi corazón está pronto
martilleando. Entro en las sombras, apretando las llaves hasta que mis nudillos
se vuelven blancos. Me digo que no hay nada que temer.
Entonces,
cuando llego a la manija de la puerta del auto, me doy cuenta de que hay algo
que temer. Una mano fría y húmeda se cierra en mi muñeca y me sacude hacia
atrás en un pecho masculino duro. Aliento caliente en mi oído huele a cerveza.
Crueles dedos se clavan en mis costillas, moviéndose hacia arriba, agarran mi
pecho izquierdo lo suficiente para robarme el aliento.
—Ahora... ahora los mostraras. —Su voz es un murmullo de maldad en mi
oído.
Él
agarra el cuello de mi camisa donde se cierne sobre mi hombro y tira de ella hacia
abajo, casi con suavidad al principio, luego con una fuerza cada vez mayor
hasta que comienza a bajarla y tirar de mi cuello. Deja ir mi muñeca para poner
una mano sobre mi boca. Su otra mano vaga por el frente de mi camisa. Sus dedos
se clavan en mi pecho, pellizcando y amasando. Lloriqueo, y luego encuentro mi voluntad.
Levanto el pie y golpeo su empeine. No me suelta, pero salta en un pie,
maldiciendo. No tengo tiempo para darle una patada de nuevo antes de que su
mano salga de mi boca y se enrede alrededor de mi garganta con una fuerza
brutal.
Mi
suministro de aire se corta, y no puedo gritar. Él me empuja hacia adelante
contra la puerta fría del auto, su mano alrededor de mi garganta. Su otra mano
tira de mis pantalones de yoga, empujando hacia debajo de un lado y luego del otro.
Mi ropa interior se va con ellos. Pataleo y me revuelco, pero estoy de espaldas
y no puedo respirar. Su apretón en mi garganta se intensifica.
Oigo
el zzzzzrrrhhriiip de la cremallera bajando, y luego algo duro pero suave y
cálido empuja contra mi muslo. No puedo tomar aire. Mi visión es borrosa. Lo
siento tocar mi pierna. Trato de gritar, y me revuelco, aún más fuerte, el
pánico brota de mí. Su apretón en mi garganta implacable. Estoy viendo manchas
oscuras, bailando ante mis ojos.
—Quieres
esto —susurra en mi oído, su aliento caliente y nauseabundo—. Sé que lo
quieres.
Un
pensamiento lúcido me golpea: Estoy
siendo violada.
Otro
pensamiento: Voy a morir.
Sus
manos rasgan mi camisa, y se ha ido. Arranca mi sujetador, liberando mis
pechos. Está agarrando mis pechos, aplastándolos y la cosa dura y gruesa en mi piel
punza y empuja, y estoy tratando de gritar, tratando de luchar, pero estoy
mareada y no puedo respirar. Mis pantalones están alrededor de mis rodillas, y
un par de muslos entre los míos, forzando mis rodillas a separarse.
No.
No.
No.
No
puedo evitar que suceda.
Y
luego se ha ido, simplemente desapareció de repente, y estoy fuera de balance,
aspirando el dulce aire fresco, dando tras pies. Me caigo, tropezando con mis
pantalones enredados. Me golpeo la cabeza contra la puerta del coche con tanta
fuerza que veo estrellas. Oigo sonidos detrás de mí. Latidos. Golpes, gemidos.
Gruñidos de dolor. Carne contra carne.
No
puedo más que retorcerme en agonía y tratar de respirar, viendo estrellas, mi
cabeza palpita.
Ni
siquiera puedo gemir. Estoy sin aliento, mi garganta en carne viva y palpitante.
Toso, succiono oxígeno.
Siento
las suaves manos de Sasuke tocándome. Él tira de mis pantalones, subiéndolos. A
pesar de que es él, me encojo lejos de su toque.
—Ssshh.
Está bien. Soy yo. Soy Sasuke. Estoy aquí. Estás bien. —Pone una mano debajo de
la parte baja de mi espalda y me levanta un poco del suelo, tirando de mis
pantalones en su lugar—. Te tengo. Voy a ponerte mi camisa, ¿de acuerdo?
Hace
algo, y los restos de mi sostén, que me doy cuenta se rompió de alguna manera,
se apartan. Sollozo más, una temblorosa respiración contenida, y la palma de Sasuke
recorre mi mejilla, limpiando las lágrimas que me doy cuenta estoy derramando.
—Está
bien, Sakura. Estás bien.
Mi
cabeza palpita, y hay algo húmedo y pegajoso en la parte posterior.
—Mi
cabeza... —me quejo—. Creo que estoy... sangrado.
Sasuke
maldice, oigo crujir tela, y luego algo suave que huele a Sasuke se posa encima
de mi cabeza. Toma mi mano y guía suavemente mi brazo por el agujero, como si
fuera un niño, hace lo mismo con el otro lado. Estoy vestida, ahora, cubierta,
y alivia el terror golpeando en mis entrañas. Sasuke me salvó.
Sollozo
entonces, y la mano de Sasuke toca mi frente, quitando mis lágrimas. Dedos se
curvan tiernamente debajo de mi cuello y me ayudan a sentarme, y oigo un “mierda”
susurrado por Sasuke cuando ve la sangre. Lo veo agarrar el trozo rasgado de mi
camiseta rosa y presionarla a la parte posterior de mi cabeza, y luego el brazo
va por debajo de mis piernas y me levanta fácilmente.
La
puerta de su Mustang está abierta, el
motor en marcha con un rugido animal ruidoso. Me pone en el asiento del
copiloto, se inclina sobre mí para apagar la radio, que está tocando heavy
metal que he llegado a asociar con Sasuke. Estoy mareada, veo doble, y estoy cansada.
Miro hacia el estacionamiento, y veo un bulto en el asfalto, pantalones oscuros
y una camisa blanca manchada de rojo. Un grupo de líquidos
oscuros alrededor de un extremo de la forma. Es él, el violador.
No
se mueve.
Sasuke
tiene su teléfono en su oreja y está murmurando en él.
—...Pedazo
de mierda... sí, está bastante jodido.... No sé, ¿tal vez? Sólo encárgate, ¿de
acuerdo? Lo tengo. Adiós.
Mete
el teléfono en su bolsillo y vuelve al Mustang,
doblando su cuerpo alto en el asiento del conductor. La mirada en su rostro me asusta.
Se ha perdido en una furia asesina, tiene las pupilas dilatadas, la mandíbula apretada
y sus dientes rechinan, todo ángulos e ira. Sus ojos capturan los míos y se
suavizan. Mira por la ventana, alcanza a ver a mi agresor, y mueve la palanca
de cambios en reversa, las defensas del motor, y gira en círculos hacia atrás. Otra
sacudida violenta de la palanca de cambios, y estamos dirigiéndonos de la playa
de estacionamiento a la calle desierta.
Me
pregunto si soy la razón de su enojo. Tenía que salvarme a las tres de la
mañana, cuando lo rechacé.
Está
conduciendo con loca precisión, llegando a más de noventa y cien kilómetros por
hora en los tramos rectos de carretera, pasando las luces rojas y tomando
grandes giros, desviándose, chillando haciendo arcos. Las luces rojas y azules
destellan detrás de nosotros, pero Sasuke las ignora. Se mueve a través de una
serie vertiginosa de izquierdas y derechas en una subdivisión al azar, rechina
al detenerse, y retrocede repentinamente en un estrecho callejón, apagando sus luces
delanteras.
El
auto de policía pasa volando, la sirena aullando. Sólo puedo apretar el
reposabrazos con los nudillos blancos y tratar de respirar. Sasuke sigue
hirviendo, inhalando largos suspiros profundos, como si estuviera tratando de
contenerse y apenas tuviera éxito.
—Sasuke,
lo siento. —No puedo mirarlo—. Me puedes llevar a casa ahora. Estoy bien. —Presiono
la camisa en la parte posterior de mi cabeza, y la presión duele, pero cuando retiro
el algodón, está ligeramente manchado con sangre. Pulso de nuevo, y sale limpio.
Me
mira en una total confusión. —¿Cómo? ¿Qué? —Él me mira fijamente durante un
largo momento antes comprender—. Oh, Jesús. ¿Crees que estoy enojado contigo?
—Supongo.
Quiero decir... no lo sé. Me estás asustando, sin embargo.
Se
acerca y coloca su mano sobre mi rodilla. —Cariño, estoy enojado por ti, no
contigo.
—Yo
no... No lo entiendo.
Frunce
el ceño, y luego suspira. —Te voy a llevar a casa. Mi casa. Hablaremos allí.
—Pero...
estoy bien. Prefiero ir a mi dormitorio.
—Es
una lástima.
Saca
el Mustang por el callejón hacia la calle
principal, y de ahí a la carretera. Una vez que estamos en la autopista, pone
el auto en movimiento, acelerando constante, pero uniformemente hasta que la aguja
está al tope. Ir a un centenar o más en un Bugatti es como estar en un jet, la
sensación de velocidad es contenida y humedecida por los choques de autos y
cualquier otra cosa. Ir a ciento veinte en un clásico de 1960 es aterrador.
Sientes cada pedacito de la velocidad. Te sientes más cerca de la carretera,
como si estuvieras atado a un cohete que podría tambalearse fuera de curso en
cualquier momento.
—¿Puedes
desacelerar un poco, por favor? —pregunto.
Me
lanza un segundo vistazo, tal vez al ver que mis manos se aferran desesperadamente
a los apoyabrazos y el salpicadero, lo siento desacelerar inmediatamente. —Lo
siento.
Puedo
sentir las preguntas en él. Tengo muchas propias.
Quiero
mi cama. Quiero el entorno familiar de mi dormitorio. No es mucho, pero es todo
lo que tengo.
Sin
embargo, no me está llevando allí. Estamos acercándonos a la verja y Sasuke le
hace señas al guardia uniformado de mediana edad en la caseta de vigilancia, y
después estamos debajo del arco y frenando suavemente hasta detenernos en
frente de la puerta. Apenas tengo tiempo para registrar que nos hemos parado
antes de que el coche se apague y Sasuke esté a mi lado desabrochando el
cinturón y sacándome del coche. Debería protestar, pero estoy mareada, y mi cuello no soporta mi cabeza. Estoy muy cansada. Apoyo la cabeza en
su hombro y dejo que mis ojos se cierren.
Sasuke
me mira, y su voz me despierta.
—Sakura,
no. Tienes que estar despierta para mí, ¿de acuerdo? Es posible que tengas una
conmoción. No puedes dormir aún, ¿de acuerdo? —me deja brevemente en el suelo,
me balanceo en su contra mientras abre la puerta principal y la empuja para
abrirla, entonces me levanta de nuevo a través de la entrada y le da una patada
a la puerta para cerrarla.
Nunca
llegué más allá del pasillo con el aseo la última vez que estuve aquí. Sus
pasos resuenan en el mármol del vestíbulo, y veo a través de mis parpados
entreabiertos que estamos pasando por una cocina americana y por una enorme,
pero confortable, sala de estar. Él me deja suavemente en un sofá de cuero
oscuro.
No
puedo dejar de mirarlo mientras se cierne sobre mí. Su mandíbula está cubierta
por un poco de barba oscura, haciéndolo lucir un poco más viejo y un poco más duro.
Me doy cuenta de que tiene puntos de costra carmesí en la frente y los pómulos,
y en su camisa. Sin pensar rasco la sangre de su mejilla con mi pulgar.
Sasuke
se aparta, frotando su cara y mirándose la mano, a las motas de sangre seca.
—Mierda.
Tengo su sangre sobre mí.
—Está
él...
Sasuke
me interrumpe.
—Él
no es de tu incumbencia.
Va
a la cocina y vuelve con una botella de peróxido, un rollo de papel de cocina,
y una bolsa de hielo. Examina mi cabeza con algo parecido a la ternura
profesional, limpiando el corte con un poco de papel humedecido con peróxido.
Me estremezco por el dolor, pero sólo dura un momento.
—¿Qué
va a hacer Ibiki con él?
Sasuke
se encoge de hombros.
—Esa no es una pregunta de la que quieras saber la respuesta. Contraté a Ibiki
porque él me asusta como la mierda. Solía ser el presidente de una banda de motociclistas
que hace que El club de motociclistas, Los
Ángeles del Infierno, considerados un sindicato de crímenes organizados por
el Departamento Defensa de los Estados Unidos parezcan un montón de coños
bebiendo té. Excepto que Ibiki también tiene un título en negocios de la
universidad de Brown. Así que es mejor no molestarlo.
Tengo
que preguntar.
—¿Crees
que está muerto? ¿El hombre que intentó... que me atacó?
—¿Te
importa?
Me
encojo de hombros.
—No
lo sé. Yo sólo...
—Escucha,
nena. Trató de violarte. Te habría matado. Casi lo hizo, y tienes moretones en
el cuello para demostrarlo. No pienses en ese pedazo de mierda, ¿de acuerdo? Se
ha ido, y nunca te hará daño a ti o a alguien nunca más. Eso es todo lo que
importa. Su sangre está en mí, y en Ibiki. No en ti.
—Pero
no puedes simplemente...
—Sakura.
—Sasuke se sienta a mi lado, y quiero acurrucarme contra él. Dejar que me
abrace. Me quedo quieta y trato de mantener mis sentimientos turbulentos bajo
control—. Deja de preocuparte por ese maldito montón de escoria. ¿De acuerdo?
¿Por favor? No merece tu lastima. Sí está muerto es demasiado bueno para él.
Merece sufrir. —La vehemencia en su voz y en sus ojos me hace temblar.
Aparto
la mirada y me concentro en respirar, dentro y fuera. Sasuke es una enorme,
caliente, y confusa presencia a mi lado, y estoy llena de recuerdos sensoriales
de sus brazos a mi alrededor y sus labios sobre mi...y entonces la memoria
cambia abruptamente, y siento otra vez la mano tapándome la boca y oigo el
sonido de su voz, y me dan arcadas.
Sasuke
me tira en su regazo mientras me pongo a temblar y llorar, sus brazos me rodean.
Me tenso al principio, segura de que el sentimiento de brazos masculinos
sujetándome activará el horror de nuevo, pero no lo hace. Me siento segura con Sasuke.
Él me protegió.
—Está
bien, Sakura. Ahora estás a salvo. —Su boca está al lado de mi oído, susurrando.
Entonces,
algo extraño sucede: Sasuke presiona un suave beso en mi sien. Es... tierno. Es
un beso diseñado para calmar, consolar. No es para encender el deseo o la
pasión. Eso me confunde, y eso me hace sentir... amada. Cuidada.
Y
eso es algo que no puedo manejar.
Mi
instinto es huir, pero no puedo moverme. Simplemente no puedo abandonar la
cápsula protectora del abrazo de Sasuke, y no quiero hacerlo. Mi confusión y miedo
no son lo suficientemente fuertes como para empujarme fuera de sus brazos. Es
un mal sueño, una pesadilla, y se está desvaneciendo rápidamente.
Dejo
de llorar después de un tiempo, y me permito estar segura en los brazos de Sasuke.
Su boca roza mi sien de nuevo, y luego la curva de mi oreja. Él pone una manta
sobre mí, y sus manos suben y bajan por mis brazos y a través de mi espalda y
hombros, manteniéndome tranquila y calmada.
Bostezo,
y Sasuke se coloca debajo de mí, sus brazos por debajo de mis rodillas y
hombros y se levanta conmigo. Estoy medio dormida y emocional, mental, y físicamente
agotada. La suave camisa de algodón de Sasuke huele a él. Es cálido, y sus
músculos se mueven bajo mis manos mientras me aferro a él, como piedras cubiertas
por seda. Dejo que mi cabeza se apoye en su pecho y absorbo la sensación de
comodidad, de ser atendida. Es muy poco familiar. Desde que mamá murió, me he
sentido sola. Sin amor, inadvertida.
Me
lleva por las escaleras, por un largo pasillo y tres escaleras más, a través de
un par de puertas francesas abiertas y dentro de un sepulcral dormitorio
principal. La cama es el único mueble, además de un televisor enorme de
pantalla plana en la pared de enfrente y un par de mesillas a ambos lados de la
cama. Me lleva allí, se inclina, y me deja.
Mi
corazón se detiene, y mi respiración se atasca en mi garganta. Me tenso
completamente.
Y ahora aquí está Sasuke, este dios, este icono del cine, este hombre
“todo demasiado real”, y me está prestando atención. Como si significara algo
para él. Como si quisiera algo de mí que no se cómo darle. Honestamente, no sé
ni qué es lo que quiere.
Bueno,
eso no es cierto. Lo sé. Él quiere sexo. Se eso. Lo veo y lo siento. Está en la
forma en que me toca, en la forma en la que me besa. Lo sé, porque eso es lo
que los hombres quieren de mí. Es lo que él quiere de mí. Y no sé cómo dárselo.
Pero tengo la sensación de que también puede ser que desee algo más de mí. Algo
más. Pero ese no es su estilo. Nada de lo que he oído de él dice que quiera
algo más con las mujeres con las que se involucra aparte de sexo.
Todo
esto pasa por mi mente mientras quita la montaña de cojines bien colocados de
la cama y los tira de dos en dos al suelo. Después coge las sabanas y las
desliza hacia abajo hasta que chocan contra mi cuerpo.
—Deslízate
debajo —dice.
Meto
mis piernas debajo de las sabanas y me tumbo contra las almohadas, mirando como
un halcón a Sasuke. ¿Es aquí donde ocurre?
¿Ahora? ¿En su habitación? Mi corazón late con fuerza, pero todavía estoy
apenas respirando.
Mis
dedos se agarran al borde de la sabana. Sasuke se mueve por la habitación hacia
un par de puertas francesas cerradas, las cuales abre para revelar un armario
más grande que dos de las habitaciones de la USC juntas. Hay una isla en el
centro con una encimera de mármol, y un área para sentarse con una silla de
cuero oscuro.
Sasuke
se quita la camisa y la lanza a una cesta cercana, y después sus pantalones
cortos. Está únicamente en un par de ajustados calzoncillos negros. Mi garganta
se cierra, y mis dedos se contraen en puños al verlo. Él es...nada menos que
glorioso. Los músculos de su espalda están claramente definidos, ondulándose cuando
se mueve. Sus hombros son como losas de granito, y sus brazos gruesos y protuberantes
por el músculo.
Simplemente
no puedo quitar mis ojos de él cuando abre un cajón, saca un par de pantalones
cortos de gimnasia, y se vuelve hacia mí mientras mete un pie y luego el otro. Tira
de los pantalones hacia arriba, pero no antes de que vea su parte delantera. O
el bulto en su ropa interior. Mis ojos se dirigen allí, casi instintivamente.
Me
sonrojo y miro hacia otro lado rápidamente, pero él me vio mirando. La esquina
de su boca se inclina y surge el principio de una sonrisa, aunque se va
rápidamente. Se mueve hacia mí, y me tenso una vez más, mirando el campo
elevado de sus abdominales y su estrecha cintura, el corte hacia el interior
del músculo donde sus caderas guían hacia el interior de su ingle. Tengo la
boca seca mientras se acerca. No estoy respirando, no me muevo, no pienso. Estoy
totalmente en pánico.
Él
lo ve en mi cara, y levanta las manos.
—Relájate,
Sakura. —Su voz es un murmullo suave y bajo—. Tienes que dormir. Sólo voy a
abrazarte. Sí prefieres que no lo haga, puedo dormir en una de las habitaciones
vacías.
Solo va a abrazarme. Nunca he dormido en una
cama con un hombre. Nunca, en toda mi vida. Mi padre solía hacerlo cuando era pequeña,
pero eso paró cuando tenía alrededor de nueve o diez. No sé qué decir, qué
pensar, ni siquiera lo que quiero. Estoy asustada, cansada, y nerviosa.
—No
quiero estar sola —murmuro.
Es
lo único cierto que sé ahora.
Se
desliza con cuidado en la cama junto a mí, entonces maldice cuando se da cuenta
de que la luz está encendida. Se levanta y la apaga, y la habitación está repentinamente
envuelta en sombras. Una pequeña rendija de luz entra desde la puerta, pero
todo lo demás es completamente negro. No le tengo miedo a la oscuridad. Tengo miedo
de mi confuso lio de emociones hacia este hombre.
La
cama se hunde y siento el calor de su cercanía. Lo oigo respirar. Su mano toca
la mía, y nuestros dedos se enredan.
—¿Estás
bien? —pregunta—. ¿De verdad?
No
respondo de inmediato. Es una pregunta seria.
—No
lo sé. No sé cómo sentirme. Fue... aterrador, y repentino. Él estaba en el
club. Fue el último cliente allí, y preguntó por mí. Estaba... demasiado
borracho. Quizás drogado. No lo sé. Fue espeluznante. Quería un baile, y se
puso como loco cuando no me quite la camisa. Yo... no suelo hacer eso, lo
sabes. Si estoy en el suelo, llevo la camisa. Solo me la quito cuando hago
bailes en el escenario. Es básicamente nada, esa camisa, así
que eso hace que los clientes actúen locamente. De cualquier modo, ellos pueden
ver, pero no totalmente, y eso es diferente.
No
estoy segura de por qué le estoy diciendo esto, pero las palabras están
saliendo, y no puedo detenerlas.
—No
puedo hacerlo, estando totalmente en topless durante toda la noche. Lo odio
suficientemente como es, pero... ¿el turno entero? Ugh. No puedo. Simplemente
no puedo. A los clientes les gusta el misterio, así que Kabuto me deja
llevarla. Es mi cosa, y yo cumplo. Sólo me quito la ropa en el escenario o en
las salas VIP. No es que eso haga que me sienta mejor siendo una stripper,
pero... ayuda, supongo.
No
poder verle hace las cosas más fáciles, que no pueda ver lo difícil que es para
mí hablar de ello, aunque estoy segura de que puede oírlo en mi voz.
—¿Así
que lo odias? ¿Ser una stripper?
—Dios,
si. Demasiado. Cada... cada vez que lo hago, lo odio. —Me estremezco, y sus
dedos aprietan los míos—. Yo... yo vomito, después de cada baile en el
escenario.
—¿Vomitaste
después de me marchara, esa primera vez que nos conocimos?
Niego,
después me doy cuenta de que no puede ver el gesto.
—No.
Tú... eso fue diferente de alguna manera. No sé por qué.
Él
no dice nada durante un largo tiempo.
—¿Así
que se volvió loco porque no te quitaste la ropa para él, y después se fue y te
esperó afuera?
—Supongo
que sí. Jūgo le obligó a marcharse cuando se enfadó demasiado. Pensé que se
había ido. Fui a mi coche... tu coche, quiero decir. —Me estremezco de nuevo,
recordando—. Debí... debí haber escuchado a mi instinto. Tuve un mal presentimiento,
pero lo ignoré. No quería parecer tonta.
—Escucha
a tu instinto —dice Sasuke—. Escucha siempre esos sentimientos.
Un incomodo silencio lo sigue. No quiero seguir hablando de lo sucedido, simplemente
quiero olvidarlo.
—¿Por
qué estabas allí? —pregunto—. Quiero decir, ¿cómo hiciste para estar allí,
justo en ese momento?
Una
vez más, Sasuke hace una pausa antes de responder.
—Quería
hablar contigo. Pensé que podía encontrarte después de tu turno.
—¿De
qué querías hablar?
Me
doy cuenta, quizás tardíamente, que la pausa antes de contestar es algo que Sasuke
hace. Piensa antes de responder, pone juntos sus pensamientos y la forma en los
que los va a decir.
—Me
confundes.
Esto
no es lo que esperaba que dijera.
—¿Yo...
qué? ¿Qué quieres decir con que te confundo?
—Eres
una contradicción, Sakura. No puedo entenderte.
Rueda
hacia mí, y mis ojos se han adaptado suficientemente a la oscuridad por lo que
puedo distinguir sus características y las sugerencias brillantes en sus ojos.
Sus
dedos trazan mi mano, mi muñeca, sus caricias son gentiles y de exploración
lenta. Apenas noto como su tacto se desliza con cuidado por mi brazo, o cuando
se desplaza más cerca con cada aliento.
—No
soy tan difícil de entender —susurro.
Él
se ríe.
—Para
ti, tal vez. Tú eres tú. Tú sabes todo acerca de ti. Pero para mí, eres una contradicción.
Me haces un lio.
Está
rozando mi bíceps superior, y ahora mi hombro sobre la camiseta, frotando mi
espalda. Me gusta esto. Demasiado. No podría detenerlo si lo intentara.
—Pareces...
inocente de alguna manera. Mencionaste crecer protegida, pero te cerraste
cuando te pregunté al respecto. Desprendes sensualidad sin esfuerzo, pero es...
no sé, no es sexual, de alguna manera. De algún modo, debería serlo, teniendo
en cuenta lo que haces, pero no lo es. Es sensual, esta extraña
mezcla de inocencia y belleza natural. Es que... no lo estoy explicando bien.
Pero luego, eres una stripper, y lo odias. Puedo verlo. Ese sucio club no es tu
lugar. Y... tu y yo. Esa es la parte más confusa. No sé cómo manejarte. Te
deseo, eso no es un secreto a estas alturas, o eso pienso. Te deseo tanto que puedo
saborearlo. Puedo probar tu piel. Te he visto, y he tenido esas pequeñas oportunidades
para tocarte. Pero... lo quiero todo de ti. Sin embargo, cada vez que nos
acercamos a que pase algo, te cierras.
Su
mano está masajeando los músculos de mi espalda, alrededor de mi columna
vertebral, hasta mi cintura. Mi corazón empieza a latir con fuerza mientras su
toque va bajando por la parte baja.
—Eres
un misterio —dice, acercando su cuerpo al mío. Puedo olerlo. Puedo sentir su
aliento en mí, íntimo—. Creo que me deseas, pero no puedo decirlo con seguridad.
Y si me deseas, tengo la sensación de que no quieres desearme. Y, no es por
sonar arrogante o algo de eso, pero probablemente hay millones de mujeres a las
que les encantaría tener incluso cinco minutos conmigo, y tú siempre te
apartas. No sé lo que quieres, y no sé cómo averiguar qué es lo que quieres,
porque estas cerrada, sensible y no contestas a mis preguntas. —Dice todo esto
con cuidado, como si yo pudiese ofenderme.
Y
honestamente, es difícil no hacerlo.
—No
intento ser difícil, es solo...
—Dime
una cosa que sea verdad.
—Te
deseo, y tienes razón en que no quiero desearte. Me asustas.
—¿Por
qué?
—Porque
tú eres... demasiado. Eres Sasuke Uchiha. Eres... eres Cain Riley. Eres el
hombre al que desean todas las mujeres de América. Eres el hombre que desean
ser todos los hombres de este país. —Estoy demasiado agradecida por la
oscuridad. Puedo decir la verdad en la oscuridad—. Te deseo, y eso me asusta,
porque no sé qué hacer con eso. Cómo manejarlo. No sé cómo estar a tu
alrededor.
—Simplemente
se tu misma.
—No
es tan fácil. No se... no sé quién soy. No sé lo que soy. —Mi voz se atrapa, y me
cuesta tragar. He llorado demasiado, y no lo haré de nuevo. Me niego.
Sasuke no contesta, pero esto no es una pausa, esto es el silencio de un
hombre que sabe que nada de lo que diga lo hará mejor, por lo que no dice nada.
Es perfecto.
Después
de un largo momento, se pega a mí y murmura—: Déjame abrazarte.
Sigo
totalmente tensa.
—¿Abrazarme?
—Sí.
Sólo abrazarte. Sin presión. Eso no va a ninguna parte. Sólo pasa este momento
conmigo.
—Está
bien... —No sé lo que quiere decir. Nunca he sido abrazada, excepto cuando él
me consolaba por llorar. Lo cual, al parecer, es la mayor parte de nuestra
relación hasta el momento. Lo siento sonreír, de alguna manera siento como mi
indecisión le divierte. Desliza su brazo debajo de mí, me acerca, y ahora estoy
acunada contra su desnudo y cálido pecho. Mi cabeza está apoyada en el hueco
donde el brazo se convierte en pecho, y puedo escuchar vagamente los latidos de
su corazón, y su mano está pasando por mis hombros y hacia abajo, donde su
enorme camiseta se ha arrugado y deja al descubierto piel en mi espalda. Estoy
presionada contra toda la longitud de su cuerpo. Me encuentro trazando los
surcos entre sus abdominales con el dedo, y solo estoy respirando. No pienso,
no intento no llorar, no me preocupo por las facturas, no hago deberes, no me
quito la ropa. Yo sólo estoy... aquí.
Esto
es el cielo. Mis ojos pican y mi pecho se contrae, pero puedo respirar.
—Esto
está bien, ¿no? —murmura en mi pelo.
Asiento.
No puedo hacer que salgan las palabras, por lo que no lo intento. Estoy abrumada
por la paz que siento. Él me abraza, y no trata de besarme o tocarme.
El
sueño me lleva, y es el mejor he tenido desde que mi madre murió.
Continuará...
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