jueves, 16 de enero de 2014

VULNERABLE cap 10


Esta historia es una adaptación de la original escrita por Jasinda Wilder la cual lleva por nombre "Stripped". Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para adaptarlos a la historia. Además la histora contiene contenido sexual explícito.


Vulnerable
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Capítulo Diez





No puedo respirar. Estoy detrás de la cortina en Noches Exóticas, esperando para salir a mi primer baile en el escenario de viernes por la noche. Mi corazón está palpitando, late tan fuerte que juro que veo los golpes debajo de mi piel. Mi estómago está agitándose con náuseas, tan fuerte que no estoy segura de terminar este número sin vomitar. Me obligo a respirar profundamente. Puedo hacer esto. Nada ha cambiado. Nada es diferente.
Pero es una mentira. Una gran mentira. Todo es diferente. Yo soy diferente.
La respiración profunda se convierte en un quejumbroso gemido en la parte posterior de mi garganta. Mei está terminando su baile, y ahora Kabuto me presenta. La multitud de hombres se vuelve loca. Incluso oigo algunas voces femeninas. Todavía me resulta extraño que mujeres visiten clubes de striptease como este.

—... Por favor ayúdenme a darle la bienvenida a... ¡Suyen! —Kabuto grita en el micrófono.
Mi señal. Paso mis manos sobre mi estómago como si eso lo fuera a calmar, y luego por mis caderas. Tengo que obligar a mis pies a moverse, me esfuerzo por entrar al escenario. Los silbidos, aplausos y gritos obscenos aumentan a un crescendo. Las luces me ciegan. Tengo que parpadear varias veces, y miro detenidamente el mar de rostros. No veo a nadie conocido, gracias a Dios.
Cierro los ojos, haciendo lo mejor para calmar mis nervios y luego comenzar mi rutina. Los abro y miro la media distancia, sin mirar ninguna cara. Como de costumbre, al final, tengo más de cien dólares en billetes de uno, cinco, y algunos de diez. Las lágrimas se mezclan con el sudor en mi cara.
Corro de nuevo a los vestuarios y al pequeño cuarto de baño, dejando caer el puñado de billetes en el tocador cuando paso. Cierro la tapa del inodoro y me siento en ella, dejando que las lagrimas fluyan.
La cara de Sasuke surge en mi mente.
No perteneces aquí. Eres mucho más que este club de mierda.
Todo lo que puedo ver, sin embargo, es la dureza bloqueada en sus ojos mientras nos sentamos en la cena de negocios. Tomé notas, intervine con algunas ideas, y fingí no ver el dolor persistente tras la expresión cerrada de Sasuke. Hizo que Ibiki me llevara a casa y me acompañara hasta mi puerta.
Antes de irse, Ibiki me entregó una tarjeta de negocios.
—Si necesitas algo, llámame. —Se secó la frente con los nudillos—. Esto es de mi parte, no de él.
Cuando me levanté a la mañana siguiente, el Rover estaba de vuelta en el estacionamiento, y las llaves estaban en mi buzón de correo con una nota.
Tenía tres palabras: Mantente a salvo. Estaba firmada con una casualmente teatral letra “S” y nada más. Sigo caminando a clase, pero conduzco al trabajo, estoy agradecida por su consideración, incluso en nuestra situación incómoda.
Un puño golpea la puerta del vestuario.
—Vamos, Sakura —Kabuto grita—. Tiempo de trabajar en el suelo. Es un viernes animado y no tenemos tiempo para tus tonterías emocionales.
Me salpico agua en la cara, retoco mi maquillaje, y trabajo. Odio esta parte tanto como bailar en el escenario. Estoy cara a cara con la lujuria cruda.
Gano una fortuna, lo cual es bueno, porque la matricula debe de pagarse pronto. Hago dos números más en el escenario, y lloro después de cada uno.
Dejo el escenario después de mi último baile, lloro, retoco mi maquillaje, y golpeo el suelo por algunas ultimas mesas y bailes. Son casi las tres de la mañana, y el club está casi vacío, a excepción de unos pocos tipos esparcidos por sí solos o en pequeños grupos. Estoy a punto de marcar mi salida cuando un hombre hace gestos hacia mí. Es joven y guapo, vestido con lo que era un traje de lujo, excepto que ahora la chaqueta está arrugada, su camisa desabrochada y la corbata sacada. Su torso está desnudo entre los bordes de su camisa cara, moreno y de aspecto duro y ondulante de músculos. Sus ojos están vidriosos y desenfocados, está sudando y la mano que sostiene la cerveza tiembla ligeramente. Me observa ávidamente, su mirada fija permanece en mis pechos y mis caderas. Inconscientemente ato de nuevo el nudo en mi camisa para asegurarme de que mis pechos permanezcan en su lugar, y su mirada se estrecha en el gesto.
Me detengo a pocos metros de él.
—Cinco dólares por un table dance, diez por un baile.
Él saca un billete de veinte, doblado en cuatro partes, y lo extiende entre el índice y el dedo medio.
—Solo baila para mí. Ven para acá. —Sus palabras se arrastran, pero su mirada es aguda y de aspecto peligroso.
Un escalofrío recorre mi columna mientras me obligo a acercarme a él. Tomo oxigeno y me muevo un poco. Observa, levantando la botella de cerveza a sus labios a intervalos frecuentes. Lo hago más sexy, balanceando mis caderas, doblando la cintura para dar un vistazo de mi escote. Me esfuerzo más, y él sonríe.
—Da la vuelta —dice.
Me doy la vuelta y agito el trasero hacia él al mismo tiempo, al ritmo de la canción pop de los altavoces internos. Arqueo mi espalda y me inclino hacia delante, empujando mi trasero hacia su cara. Siento sus manos tocarme, y me alejo de él.
—Ah-ah. No toques.
Él no responde, sólo sonríe con una mueca lasciva de sus labios.
—Quítate la camisa, nena.
Sonrío hacia él.
—Eso es solo para los bailes del escenario. Esto es lo que hay en el piso. ¿Quieres que traiga a Mei o Hana para ti?
Él busca en su bolsillo y saca un fajo de billetes de cien dólares y cuenta diez. Los enrolla, y los mete en el bolsillo trasero de mis pantalones cortos, empujando el otro fajo en el bolsillo de su pantalón.
—Dije... quítatela —susurra la última parte con claridad y lucidez, y mi piel se eriza por la amenaza de la violencia en su voz, por el furor de su mirada.
Retiro el dinero enrollado y se lo devuelvo.
—Lo siento, señor, pero eso no es lo que hago.
Él me mira con desprecio, luego saca el fajo de dinero nuevo. Lo empuja todo hacia mí.
—Eres ambiciosa, ¿eh, perra? Son casi cuatro de los grandes allí. Ahora. Enséñame tus pechos.
Retrocedo ante él.
—No lo creo.
Dejo mi voz endurecerse, y miro alrededor por Jūgo, el gorila. Él está mirando desde la silla junto a la entrada y se levanta cuando muevo mis dedos hacia él.
El cliente mira a Jūgo de pies a cabeza, todo su metro ochenta, y luego de regreso hacia mí.
—¿Qué clase de maldita stripper eres tú, perra? ¿Ni siquiera te quitas la camisa por un baile? Mierda. No es como si te hubiera pedido que me lo chuparas o alguna mierda. Vengo a un bar de striptease esperando ver algunos pechos. ¿Vas a rechazar cuatro mil dólares para hacer lo que haces de todos modos? Perra estúpida.
Asciende tambaleándose a sus pies mientras apura su cerveza. Busca a tientas el fajo de dinero, entonces maldice en voz baja y lo tira sobre la mesa.
—Joder, joder, y jódete. —Se tambalea hacia la puerta, con Jūgo detrás de él. Se detiene, vacilante, se da vuelta y mira hacia mí, y algo en su mirada me da miedo. Jūgo le da un pequeño empujón hacia la puerta, y luego se había ido.
Recojo el dinero de la mesa, lo cuento y hay tres mil novecientos en billetes de cien y de cincuenta. Echo un vistazo a Mei, Hana, y Guren, que cuentan sus propias ganancias en el bar, mientras que beben margaritas. Mei está todavía desnuda excepto por su tanga, sus enormes pechos rebosan con brillo de algún tipo. Hana y Guren están en batas abiertas hasta sus ombligos. Yo soy la única de las chicas que trabaja en el club que se queda vestida... excepto cuando estoy bailando en el escenario. No es que la camisa cuente como vestida, necesariamente, ya que mis pechos están al descubierto, básicamente.
Las tres mujeres fingen no verme. Mei está trabajando para mantener un techo sobre su cabeza y de su hijo adolescente, Hana tiene un hijo autista con necesidades médicas especiales, y Guren es como yo, trabajando para pagarse la escuela. Todas ellas están tan desesperadas por dinero en efectivo como yo.
Cuento el dinero, añadiendo cientos de mis propinas, dividiéndolas uniformemente en cuatro partes, luego, deposito las pilas de miles de dólares frente a cada una de las otras chicas.
—Realmente no hice nada para ganar esto —digo—. Es justo que lo reparta.
Mei me lanza una mirada de agradecimiento.
—No tenías que hacer eso, cariño. Era tu mesa.
Me encojo de hombros.
—Está bien. En realidad él no quería dejarlo, estaba demasiado ido para regresarlo en su bolsillo.
Las chicas se ríen, aunque hemos visto a todos los hombres irse demasiado borrachos como para siquiera saber su nombre. Generalmente, sin embargo, no dejan miles de dólares por ahí. Todas las chicas me abrazan como agradecimiento, terminan sus bebidas, y cuentan sus propinas. Me siento en la barra, pero Kankurō me trae una Sprite, él sabe que no bebo. Con el gran extra, he sacado más de mil quinientos esta noche, lo que significa que tendré lo suficiente para pagar la universidad y todavía comprar el nuevo par de zapatos de tacón que he estado necesitando para la pasantía. Kabuto se había ido alrededor de la medianoche, dejando a Kankurō y Jūgo cerrar. Las chicas salen antes que yo, así que el Explorer de Kankurō, el F-350 de Jūgo, y mi Rover prestado son los únicos autos en el aparcamiento.
Me vestí con pantalones de yoga, sandalias, y una camiseta de color rosa suelta que se desliza alrededor de un hombro. Estoy agradecida de tener un sostén de nuevo, pasar tantas horas sin uno se siente incómodo, dado el tamaño y el peso de mis pechos. Jūgo sale conmigo porque me estacioné cerca de la parte posterior del lote. Se dio cuenta al otro lado que había olvidado las llaves y regresó.
El estacionamiento está vacío y estoy a sólo veinte metros de donde he aparcado, así que no espero. Una farola ilumina con un naranja enfermizo el borde del lote, echando sombras largas y profundas. He hecho esto docenas de veces, pero por alguna razón, mi piel se eriza.
Me detengo en el centro, pensando en regresar y esperar a Jūgo a acompañarme hasta mi auto, pero está justo ahí. Hago clic en el botón, desbloqueo, en la tecla del mando del Rover y las luces parpadean y se encienden. Mientras me acerco, el pelo en la parte de atrás de mi cuello se levanta. Mi corazón está pronto martilleando. Entro en las sombras, apretando las llaves hasta que mis nudillos se vuelven blancos. Me digo que no hay nada que temer.
Entonces, cuando llego a la manija de la puerta del auto, me doy cuenta de que hay algo que temer. Una mano fría y húmeda se cierra en mi muñeca y me sacude hacia atrás en un pecho masculino duro. Aliento caliente en mi oído huele a cerveza. Crueles dedos se clavan en mis costillas, moviéndose hacia arriba, agarran mi pecho izquierdo lo suficiente para robarme el aliento.
—Ahora... ahora los mostraras. —Su voz es un murmullo de maldad en mi oído.
Él agarra el cuello de mi camisa donde se cierne sobre mi hombro y tira de ella hacia abajo, casi con suavidad al principio, luego con una fuerza cada vez mayor hasta que comienza a bajarla y tirar de mi cuello. Deja ir mi muñeca para poner una mano sobre mi boca. Su otra mano vaga por el frente de mi camisa. Sus dedos se clavan en mi pecho, pellizcando y amasando. Lloriqueo, y luego encuentro mi voluntad. Levanto el pie y golpeo su empeine. No me suelta, pero salta en un pie, maldiciendo. No tengo tiempo para darle una patada de nuevo antes de que su mano salga de mi boca y se enrede alrededor de mi garganta con una fuerza brutal.
Mi suministro de aire se corta, y no puedo gritar. Él me empuja hacia adelante contra la puerta fría del auto, su mano alrededor de mi garganta. Su otra mano tira de mis pantalones de yoga, empujando hacia debajo de un lado y luego del otro. Mi ropa interior se va con ellos. Pataleo y me revuelco, pero estoy de espaldas y no puedo respirar. Su apretón en mi garganta se intensifica.
Oigo el zzzzzrrrhhriiip de la cremallera bajando, y luego algo duro pero suave y cálido empuja contra mi muslo. No puedo tomar aire. Mi visión es borrosa. Lo siento tocar mi pierna. Trato de gritar, y me revuelco, aún más fuerte, el pánico brota de mí. Su apretón en mi garganta implacable. Estoy viendo manchas oscuras, bailando ante mis ojos.
—Quieres esto —susurra en mi oído, su aliento caliente y nauseabundo—. Sé que lo quieres.
Un pensamiento lúcido me golpea: Estoy siendo violada.
Otro pensamiento: Voy a morir.
Sus manos rasgan mi camisa, y se ha ido. Arranca mi sujetador, liberando mis pechos. Está agarrando mis pechos, aplastándolos y la cosa dura y gruesa en mi piel punza y empuja, y estoy tratando de gritar, tratando de luchar, pero estoy mareada y no puedo respirar. Mis pantalones están alrededor de mis rodillas, y un par de muslos entre los míos, forzando mis rodillas a separarse.
No.
No.
No.
No puedo evitar que suceda.
Y luego se ha ido, simplemente desapareció de repente, y estoy fuera de balance, aspirando el dulce aire fresco, dando tras pies. Me caigo, tropezando con mis pantalones enredados. Me golpeo la cabeza contra la puerta del coche con tanta fuerza que veo estrellas. Oigo sonidos detrás de mí. Latidos. Golpes, gemidos. Gruñidos de dolor. Carne contra carne.
No puedo más que retorcerme en agonía y tratar de respirar, viendo estrellas, mi cabeza palpita.
Una voz por encima de mí—: Mierda. ¡Mierda! ¿Sakura? —Es Sasuke.
Ni siquiera puedo gemir. Estoy sin aliento, mi garganta en carne viva y palpitante. Toso, succiono oxígeno.
Siento las suaves manos de Sasuke tocándome. Él tira de mis pantalones, subiéndolos. A pesar de que es él, me encojo lejos de su toque.
—Ssshh. Está bien. Soy yo. Soy Sasuke. Estoy aquí. Estás bien. —Pone una mano debajo de la parte baja de mi espalda y me levanta un poco del suelo, tirando de mis pantalones en su lugar—. Te tengo. Voy a ponerte mi camisa, ¿de acuerdo?
Hace algo, y los restos de mi sostén, que me doy cuenta se rompió de alguna manera, se apartan. Sollozo más, una temblorosa respiración contenida, y la palma de Sasuke recorre mi mejilla, limpiando las lágrimas que me doy cuenta estoy derramando.
—Está bien, Sakura. Estás bien.
Mi cabeza palpita, y hay algo húmedo y pegajoso en la parte posterior.
—Mi cabeza... —me quejo—. Creo que estoy... sangrado.
Sasuke maldice, oigo crujir tela, y luego algo suave que huele a Sasuke se posa encima de mi cabeza. Toma mi mano y guía suavemente mi brazo por el agujero, como si fuera un niño, hace lo mismo con el otro lado. Estoy vestida, ahora, cubierta, y alivia el terror golpeando en mis entrañas. Sasuke me salvó.
Sollozo entonces, y la mano de Sasuke toca mi frente, quitando mis lágrimas. Dedos se curvan tiernamente debajo de mi cuello y me ayudan a sentarme, y oigo un “mierda” susurrado por Sasuke cuando ve la sangre. Lo veo agarrar el trozo rasgado de mi camiseta rosa y presionarla a la parte posterior de mi cabeza, y luego el brazo va por debajo de mis piernas y me levanta fácilmente.
La puerta de su Mustang está abierta, el motor en marcha con un rugido animal ruidoso. Me pone en el asiento del copiloto, se inclina sobre mí para apagar la radio, que está tocando heavy metal que he llegado a asociar con Sasuke. Estoy mareada, veo doble, y estoy cansada. Miro hacia el estacionamiento, y veo un bulto en el asfalto, pantalones oscuros y una camisa blanca manchada de rojo. Un grupo de líquidos oscuros alrededor de un extremo de la forma. Es él, el violador.
No se mueve.
Sasuke tiene su teléfono en su oreja y está murmurando en él.
—...Pedazo de mierda... sí, está bastante jodido.... No sé, ¿tal vez? Sólo encárgate, ¿de acuerdo? Lo tengo. Adiós.
Mete el teléfono en su bolsillo y vuelve al Mustang, doblando su cuerpo alto en el asiento del conductor. La mirada en su rostro me asusta. Se ha perdido en una furia asesina, tiene las pupilas dilatadas, la mandíbula apretada y sus dientes rechinan, todo ángulos e ira. Sus ojos capturan los míos y se suavizan. Mira por la ventana, alcanza a ver a mi agresor, y mueve la palanca de cambios en reversa, las defensas del motor, y gira en círculos hacia atrás. Otra sacudida violenta de la palanca de cambios, y estamos dirigiéndonos de la playa de estacionamiento a la calle desierta.
Me pregunto si soy la razón de su enojo. Tenía que salvarme a las tres de la mañana, cuando lo rechacé.
Está conduciendo con loca precisión, llegando a más de noventa y cien kilómetros por hora en los tramos rectos de carretera, pasando las luces rojas y tomando grandes giros, desviándose, chillando haciendo arcos. Las luces rojas y azules destellan detrás de nosotros, pero Sasuke las ignora. Se mueve a través de una serie vertiginosa de izquierdas y derechas en una subdivisión al azar, rechina al detenerse, y retrocede repentinamente en un estrecho callejón, apagando sus luces delanteras.
El auto de policía pasa volando, la sirena aullando. Sólo puedo apretar el reposabrazos con los nudillos blancos y tratar de respirar. Sasuke sigue hirviendo, inhalando largos suspiros profundos, como si estuviera tratando de contenerse y apenas tuviera éxito.
—Sasuke, lo siento. —No puedo mirarlo—. Me puedes llevar a casa ahora. Estoy bien. —Presiono la camisa en la parte posterior de mi cabeza, y la presión duele, pero cuando retiro el algodón, está ligeramente manchado con sangre. Pulso de nuevo, y sale limpio.
Me mira en una total confusión. —¿Cómo? ¿Qué? —Él me mira fijamente durante un largo momento antes comprender—. Oh, Jesús. ¿Crees que estoy enojado contigo?
Me encojo de hombros.
—Supongo. Quiero decir... no lo sé. Me estás asustando, sin embargo.
Se acerca y coloca su mano sobre mi rodilla. —Cariño, estoy enojado por ti, no contigo.
—Yo no... No lo entiendo.
Frunce el ceño, y luego suspira. —Te voy a llevar a casa. Mi casa. Hablaremos allí.
—Pero... estoy bien. Prefiero ir a mi dormitorio.
—Es una lástima.
Saca el Mustang por el callejón hacia la calle principal, y de ahí a la carretera. Una vez que estamos en la autopista, pone el auto en movimiento, acelerando constante, pero uniformemente hasta que la aguja está al tope. Ir a un centenar o más en un Bugatti es como estar en un jet, la sensación de velocidad es contenida y humedecida por los choques de autos y cualquier otra cosa. Ir a ciento veinte en un clásico de 1960 es aterrador. Sientes cada pedacito de la velocidad. Te sientes más cerca de la carretera, como si estuvieras atado a un cohete que podría tambalearse fuera de curso en cualquier momento.
—¿Puedes desacelerar un poco, por favor? —pregunto.
Me lanza un segundo vistazo, tal vez al ver que mis manos se aferran desesperadamente a los apoyabrazos y el salpicadero, lo siento desacelerar inmediatamente. —Lo siento.
Puedo sentir las preguntas en él. Tengo muchas propias.
Quiero mi cama. Quiero el entorno familiar de mi dormitorio. No es mucho, pero es todo lo que tengo.
Sin embargo, no me está llevando allí. Estamos acercándonos a la verja y Sasuke le hace señas al guardia uniformado de mediana edad en la caseta de vigilancia, y después estamos debajo del arco y frenando suavemente hasta detenernos en frente de la puerta. Apenas tengo tiempo para registrar que nos hemos parado antes de que el coche se apague y Sasuke esté a mi lado desabrochando el cinturón y sacándome del coche. Debería protestar, pero estoy mareada, y mi cuello no soporta mi cabeza. Estoy muy cansada. Apoyo la cabeza en su hombro y dejo que mis ojos se cierren.
Sasuke me mira, y su voz me despierta.
—Sakura, no. Tienes que estar despierta para mí, ¿de acuerdo? Es posible que tengas una conmoción. No puedes dormir aún, ¿de acuerdo? —me deja brevemente en el suelo, me balanceo en su contra mientras abre la puerta principal y la empuja para abrirla, entonces me levanta de nuevo a través de la entrada y le da una patada a la puerta para cerrarla.
Nunca llegué más allá del pasillo con el aseo la última vez que estuve aquí. Sus pasos resuenan en el mármol del vestíbulo, y veo a través de mis parpados entreabiertos que estamos pasando por una cocina americana y por una enorme, pero confortable, sala de estar. Él me deja suavemente en un sofá de cuero oscuro.
No puedo dejar de mirarlo mientras se cierne sobre mí. Su mandíbula está cubierta por un poco de barba oscura, haciéndolo lucir un poco más viejo y un poco más duro. Me doy cuenta de que tiene puntos de costra carmesí en la frente y los pómulos, y en su camisa. Sin pensar rasco la sangre de su mejilla con mi pulgar.
Sasuke se aparta, frotando su cara y mirándose la mano, a las motas de sangre seca.
—Mierda. Tengo su sangre sobre mí.
—Está él...
Sasuke me interrumpe.
—Él no es de tu incumbencia.
Va a la cocina y vuelve con una botella de peróxido, un rollo de papel de cocina, y una bolsa de hielo. Examina mi cabeza con algo parecido a la ternura profesional, limpiando el corte con un poco de papel humedecido con peróxido. Me estremezco por el dolor, pero sólo dura un momento.
—¿Qué va a hacer Ibiki con él?
Sasuke se encoge de hombros.
—Esa no es una pregunta de la que quieras saber la respuesta. Contraté a Ibiki porque él me asusta como la mierda. Solía ser el presidente de una banda de motociclistas que hace que El club de motociclistas, Los Ángeles del Infierno, considerados un sindicato de crímenes organizados por el Departamento Defensa de los Estados Unidos parezcan un montón de coños bebiendo té. Excepto que Ibiki también tiene un título en negocios de la universidad de Brown. Así que es mejor no molestarlo.
Tengo que preguntar.
—¿Crees que está muerto? ¿El hombre que intentó... que me atacó?
—¿Te importa?
Me encojo de hombros.
—No lo sé. Yo sólo...
—Escucha, nena. Trató de violarte. Te habría matado. Casi lo hizo, y tienes moretones en el cuello para demostrarlo. No pienses en ese pedazo de mierda, ¿de acuerdo? Se ha ido, y nunca te hará daño a ti o a alguien nunca más. Eso es todo lo que importa. Su sangre está en mí, y en Ibiki. No en ti.
—Pero no puedes simplemente...
—Sakura. —Sasuke se sienta a mi lado, y quiero acurrucarme contra él. Dejar que me abrace. Me quedo quieta y trato de mantener mis sentimientos turbulentos bajo control—. Deja de preocuparte por ese maldito montón de escoria. ¿De acuerdo? ¿Por favor? No merece tu lastima. Sí está muerto es demasiado bueno para él. Merece sufrir. —La vehemencia en su voz y en sus ojos me hace temblar.
Aparto la mirada y me concentro en respirar, dentro y fuera. Sasuke es una enorme, caliente, y confusa presencia a mi lado, y estoy llena de recuerdos sensoriales de sus brazos a mi alrededor y sus labios sobre mi...y entonces la memoria cambia abruptamente, y siento otra vez la mano tapándome la boca y oigo el sonido de su voz, y me dan arcadas.
Sasuke me tira en su regazo mientras me pongo a temblar y llorar, sus brazos me rodean. Me tenso al principio, segura de que el sentimiento de brazos masculinos sujetándome activará el horror de nuevo, pero no lo hace. Me siento segura con Sasuke. Él me protegió.
—Está bien, Sakura. Ahora estás a salvo. —Su boca está al lado de mi oído, susurrando.
Entonces, algo extraño sucede: Sasuke presiona un suave beso en mi sien. Es... tierno. Es un beso diseñado para calmar, consolar. No es para encender el deseo o la pasión. Eso me confunde, y eso me hace sentir... amada. Cuidada.
Y eso es algo que no puedo manejar.
Mi instinto es huir, pero no puedo moverme. Simplemente no puedo abandonar la cápsula protectora del abrazo de Sasuke, y no quiero hacerlo. Mi confusión y miedo no son lo suficientemente fuertes como para empujarme fuera de sus brazos. Es un mal sueño, una pesadilla, y se está desvaneciendo rápidamente.
Dejo de llorar después de un tiempo, y me permito estar segura en los brazos de Sasuke. Su boca roza mi sien de nuevo, y luego la curva de mi oreja. Él pone una manta sobre mí, y sus manos suben y bajan por mis brazos y a través de mi espalda y hombros, manteniéndome tranquila y calmada.
Bostezo, y Sasuke se coloca debajo de mí, sus brazos por debajo de mis rodillas y hombros y se levanta conmigo. Estoy medio dormida y emocional, mental, y físicamente agotada. La suave camisa de algodón de Sasuke huele a él. Es cálido, y sus músculos se mueven bajo mis manos mientras me aferro a él, como piedras cubiertas por seda. Dejo que mi cabeza se apoye en su pecho y absorbo la sensación de comodidad, de ser atendida. Es muy poco familiar. Desde que mamá murió, me he sentido sola. Sin amor, inadvertida.
Me lleva por las escaleras, por un largo pasillo y tres escaleras más, a través de un par de puertas francesas abiertas y dentro de un sepulcral dormitorio principal. La cama es el único mueble, además de un televisor enorme de pantalla plana en la pared de enfrente y un par de mesillas a ambos lados de la cama. Me lleva allí, se inclina, y me deja.
Mi corazón se detiene, y mi respiración se atasca en mi garganta. Me tenso completamente.
Y ahora aquí está Sasuke, este dios, este icono del cine, este hombre “todo demasiado real”, y me está prestando atención. Como si significara algo para él. Como si quisiera algo de mí que no se cómo darle. Honestamente, no sé ni qué es lo que quiere.
Bueno, eso no es cierto. Lo sé. Él quiere sexo. Se eso. Lo veo y lo siento. Está en la forma en que me toca, en la forma en la que me besa. Lo sé, porque eso es lo que los hombres quieren de mí. Es lo que él quiere de mí. Y no sé cómo dárselo. Pero tengo la sensación de que también puede ser que desee algo más de mí. Algo más. Pero ese no es su estilo. Nada de lo que he oído de él dice que quiera algo más con las mujeres con las que se involucra aparte de sexo.
Todo esto pasa por mi mente mientras quita la montaña de cojines bien colocados de la cama y los tira de dos en dos al suelo. Después coge las sabanas y las desliza hacia abajo hasta que chocan contra mi cuerpo.
—Deslízate debajo —dice.
Meto mis piernas debajo de las sabanas y me tumbo contra las almohadas, mirando como un halcón a Sasuke. ¿Es aquí donde ocurre? ¿Ahora? ¿En su habitación? Mi corazón late con fuerza, pero todavía estoy apenas respirando.
Mis dedos se agarran al borde de la sabana. Sasuke se mueve por la habitación hacia un par de puertas francesas cerradas, las cuales abre para revelar un armario más grande que dos de las habitaciones de la USC juntas. Hay una isla en el centro con una encimera de mármol, y un área para sentarse con una silla de cuero oscuro.
Sasuke se quita la camisa y la lanza a una cesta cercana, y después sus pantalones cortos. Está únicamente en un par de ajustados calzoncillos negros. Mi garganta se cierra, y mis dedos se contraen en puños al verlo. Él es...nada menos que glorioso. Los músculos de su espalda están claramente definidos, ondulándose cuando se mueve. Sus hombros son como losas de granito, y sus brazos gruesos y protuberantes por el músculo.
Simplemente no puedo quitar mis ojos de él cuando abre un cajón, saca un par de pantalones cortos de gimnasia, y se vuelve hacia mí mientras mete un pie y luego el otro. Tira de los pantalones hacia arriba, pero no antes de que vea su parte delantera. O el bulto en su ropa interior. Mis ojos se dirigen allí, casi instintivamente.
Me sonrojo y miro hacia otro lado rápidamente, pero él me vio mirando. La esquina de su boca se inclina y surge el principio de una sonrisa, aunque se va rápidamente. Se mueve hacia mí, y me tenso una vez más, mirando el campo elevado de sus abdominales y su estrecha cintura, el corte hacia el interior del músculo donde sus caderas guían hacia el interior de su ingle. Tengo la boca seca mientras se acerca. No estoy respirando, no me muevo, no pienso. Estoy totalmente en pánico.
Él lo ve en mi cara, y levanta las manos.
—Relájate, Sakura. —Su voz es un murmullo suave y bajo—. Tienes que dormir. Sólo voy a abrazarte. Sí prefieres que no lo haga, puedo dormir en una de las habitaciones vacías.
Solo va a abrazarme. Nunca he dormido en una cama con un hombre. Nunca, en toda mi vida. Mi padre solía hacerlo cuando era pequeña, pero eso paró cuando tenía alrededor de nueve o diez. No sé qué decir, qué pensar, ni siquiera lo que quiero. Estoy asustada, cansada, y nerviosa.
—No quiero estar sola —murmuro.
Es lo único cierto que sé ahora.
Se desliza con cuidado en la cama junto a mí, entonces maldice cuando se da cuenta de que la luz está encendida. Se levanta y la apaga, y la habitación está repentinamente envuelta en sombras. Una pequeña rendija de luz entra desde la puerta, pero todo lo demás es completamente negro. No le tengo miedo a la oscuridad. Tengo miedo de mi confuso lio de emociones hacia este hombre.
La cama se hunde y siento el calor de su cercanía. Lo oigo respirar. Su mano toca la mía, y nuestros dedos se enredan.
—¿Estás bien? —pregunta—. ¿De verdad?
No respondo de inmediato. Es una pregunta seria.
—No lo sé. No sé cómo sentirme. Fue... aterrador, y repentino. Él estaba en el club. Fue el último cliente allí, y preguntó por mí. Estaba... demasiado borracho. Quizás drogado. No lo sé. Fue espeluznante. Quería un baile, y se puso como loco cuando no me quite la camisa. Yo... no suelo hacer eso, lo sabes. Si estoy en el suelo, llevo la camisa. Solo me la quito cuando hago bailes en el escenario. Es básicamente nada, esa camisa, así que eso hace que los clientes actúen locamente. De cualquier modo, ellos pueden ver, pero no totalmente, y eso es diferente.
No estoy segura de por qué le estoy diciendo esto, pero las palabras están saliendo, y no puedo detenerlas.
—No puedo hacerlo, estando totalmente en topless durante toda la noche. Lo odio suficientemente como es, pero... ¿el turno entero? Ugh. No puedo. Simplemente no puedo. A los clientes les gusta el misterio, así que Kabuto me deja llevarla. Es mi cosa, y yo cumplo. Sólo me quito la ropa en el escenario o en las salas VIP. No es que eso haga que me sienta mejor siendo una stripper, pero... ayuda, supongo.
No poder verle hace las cosas más fáciles, que no pueda ver lo difícil que es para mí hablar de ello, aunque estoy segura de que puede oírlo en mi voz.
—¿Así que lo odias? ¿Ser una stripper?
—Dios, si. Demasiado. Cada... cada vez que lo hago, lo odio. —Me estremezco, y sus dedos aprietan los míos—. Yo... yo vomito, después de cada baile en el escenario.
—¿Vomitaste después de me marchara, esa primera vez que nos conocimos?
Niego, después me doy cuenta de que no puede ver el gesto.
—No. Tú... eso fue diferente de alguna manera. No sé por qué.
Él no dice nada durante un largo tiempo.
—¿Así que se volvió loco porque no te quitaste la ropa para él, y después se fue y te esperó afuera?
—Supongo que sí. Jūgo le obligó a marcharse cuando se enfadó demasiado. Pensé que se había ido. Fui a mi coche... tu coche, quiero decir. —Me estremezco de nuevo, recordando—. Debí... debí haber escuchado a mi instinto. Tuve un mal presentimiento, pero lo ignoré. No quería parecer tonta.
—Escucha a tu instinto —dice Sasuke—. Escucha siempre esos sentimientos.
Un incomodo silencio lo sigue. No quiero seguir hablando de lo sucedido, simplemente quiero olvidarlo.
—¿Por qué estabas allí? —pregunto—. Quiero decir, ¿cómo hiciste para estar allí, justo en ese momento?
Una vez más, Sasuke hace una pausa antes de responder.
—Quería hablar contigo. Pensé que podía encontrarte después de tu turno.
—¿De qué querías hablar?
Me doy cuenta, quizás tardíamente, que la pausa antes de contestar es algo que Sasuke hace. Piensa antes de responder, pone juntos sus pensamientos y la forma en los que los va a decir.
—Me confundes.
Esto no es lo que esperaba que dijera.
—¿Yo... qué? ¿Qué quieres decir con que te confundo?
—Eres una contradicción, Sakura. No puedo entenderte.
Rueda hacia mí, y mis ojos se han adaptado suficientemente a la oscuridad por lo que puedo distinguir sus características y las sugerencias brillantes en sus ojos.
Sus dedos trazan mi mano, mi muñeca, sus caricias son gentiles y de exploración lenta. Apenas noto como su tacto se desliza con cuidado por mi brazo, o cuando se desplaza más cerca con cada aliento.
—No soy tan difícil de entender —susurro.
Él se ríe.
—Para ti, tal vez. Tú eres tú. Tú sabes todo acerca de ti. Pero para mí, eres una contradicción. Me haces un lio.
Está rozando mi bíceps superior, y ahora mi hombro sobre la camiseta, frotando mi espalda. Me gusta esto. Demasiado. No podría detenerlo si lo intentara.
—Pareces... inocente de alguna manera. Mencionaste crecer protegida, pero te cerraste cuando te pregunté al respecto. Desprendes sensualidad sin esfuerzo, pero es... no sé, no es sexual, de alguna manera. De algún modo, debería serlo, teniendo en cuenta lo que haces, pero no lo es. Es sensual, esta extraña mezcla de inocencia y belleza natural. Es que... no lo estoy explicando bien. Pero luego, eres una stripper, y lo odias. Puedo verlo. Ese sucio club no es tu lugar. Y... tu y yo. Esa es la parte más confusa. No sé cómo manejarte. Te deseo, eso no es un secreto a estas alturas, o eso pienso. Te deseo tanto que puedo saborearlo. Puedo probar tu piel. Te he visto, y he tenido esas pequeñas oportunidades para tocarte. Pero... lo quiero todo de ti. Sin embargo, cada vez que nos acercamos a que pase algo, te cierras.
Su mano está masajeando los músculos de mi espalda, alrededor de mi columna vertebral, hasta mi cintura. Mi corazón empieza a latir con fuerza mientras su toque va bajando por la parte baja.
—Eres un misterio —dice, acercando su cuerpo al mío. Puedo olerlo. Puedo sentir su aliento en mí, íntimo—. Creo que me deseas, pero no puedo decirlo con seguridad. Y si me deseas, tengo la sensación de que no quieres desearme. Y, no es por sonar arrogante o algo de eso, pero probablemente hay millones de mujeres a las que les encantaría tener incluso cinco minutos conmigo, y tú siempre te apartas. No sé lo que quieres, y no sé cómo averiguar qué es lo que quieres, porque estas cerrada, sensible y no contestas a mis preguntas. —Dice todo esto con cuidado, como si yo pudiese ofenderme.
Y honestamente, es difícil no hacerlo.
—No intento ser difícil, es solo...
—Dime una cosa que sea verdad.
—Te deseo, y tienes razón en que no quiero desearte. Me asustas.
—¿Por qué?
—Porque tú eres... demasiado. Eres Sasuke Uchiha. Eres... eres Cain Riley. Eres el hombre al que desean todas las mujeres de América. Eres el hombre que desean ser todos los hombres de este país. —Estoy demasiado agradecida por la oscuridad. Puedo decir la verdad en la oscuridad—. Te deseo, y eso me asusta, porque no sé qué hacer con eso. Cómo manejarlo. No sé cómo estar a tu alrededor.
—Simplemente se tu misma.
—No es tan fácil. No se... no sé quién soy. No sé lo que soy. —Mi voz se atrapa, y me cuesta tragar. He llorado demasiado, y no lo haré de nuevo. Me niego.
Sasuke no contesta, pero esto no es una pausa, esto es el silencio de un hombre que sabe que nada de lo que diga lo hará mejor, por lo que no dice nada. Es perfecto.
Después de un largo momento, se pega a mí y murmura—: Déjame abrazarte.
Sigo totalmente tensa.
—¿Abrazarme?
—Sí. Sólo abrazarte. Sin presión. Eso no va a ninguna parte. Sólo pasa este momento conmigo.
—Está bien... —No sé lo que quiere decir. Nunca he sido abrazada, excepto cuando él me consolaba por llorar. Lo cual, al parecer, es la mayor parte de nuestra relación hasta el momento. Lo siento sonreír, de alguna manera siento como mi indecisión le divierte. Desliza su brazo debajo de mí, me acerca, y ahora estoy acunada contra su desnudo y cálido pecho. Mi cabeza está apoyada en el hueco donde el brazo se convierte en pecho, y puedo escuchar vagamente los latidos de su corazón, y su mano está pasando por mis hombros y hacia abajo, donde su enorme camiseta se ha arrugado y deja al descubierto piel en mi espalda. Estoy presionada contra toda la longitud de su cuerpo. Me encuentro trazando los surcos entre sus abdominales con el dedo, y solo estoy respirando. No pienso, no intento no llorar, no me preocupo por las facturas, no hago deberes, no me quito la ropa. Yo sólo estoy... aquí.
Esto es el cielo. Mis ojos pican y mi pecho se contrae, pero puedo respirar.
—Esto está bien, ¿no? —murmura en mi pelo.
Asiento. No puedo hacer que salgan las palabras, por lo que no lo intento. Estoy abrumada por la paz que siento. Él me abraza, y no trata de besarme o tocarme.
El sueño me lleva, y es el mejor he tenido desde que mi madre murió.

Continuará...




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