lunes, 6 de enero de 2014

VULNERABLE cap 3


Esta historia es una adaptación de la original escrita por Jasinda Wilder la cual lleva por nombre "Stripped". Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para adaptarlos a la historia. Además la histora contiene contenido sexual explícito.


Vulnerable
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Capítulo Tres




Estoy sentada con las manos cruzadas sobre mi regazo, los ojos abatidos. No puedo mirarla. Un equipo emite un sonido constante, monstruoso. Mis ojos arden, pero están secos. He llorado todas mis lágrimas durante los últimos meses. Ella iba de mal en peor, y ahora es un esqueleto forrado en piel en una cama de hospital. Su pelo se ha ido. Sus mejillas son unas crestas de hueso afilado. Sus dedos son blandos, frágiles y diminutos. Apenas respira. He llorado y llorado, y ahora no puedo llorar más.
Le rogué a Dios para evitarlo. Me quedé despierta noche tras noche, suplicando de rodillas. Y todavía Mami está muriendo.
Mami. No la he llamado o pensado en ella como mi "Mami" desde que tenía diez años y Temari No Sabaku se burló de mí delante de toda la clase por ello. Ella había sido la "mamá" desde entonces. Pero ahora... ella es mi "Mami" de nuevo.
Sin desanimarse, papá sigue firme en su fe de que Dios tiene un plan.
Dios tiene un plan.
Esas cuatro palabras poderosas lo resuelven todo por él.
No creo que él tenga un plan. Creo que a veces la gente muere. Mi mami se está muriendo. Sólo le quedan días.
Dos días antes, me quedé afuera de la habitación del hospital mientras que el Doctor Iruka Umino le dijo a mi padre que se preparara para lo peor.
Papá sólo repitió su mantra. —La voluntad del Señor no puede ser trastornada.
El Doctor Iruka gruñó con irritación.
—Respeto su fe, señor Haruno. Realmente lo hago. También soy un hombre de profunda fe, aunque sé que no estaría de acuerdo con lo que creo. Así que entiendo su fe. A veces tenemos que estar preparados para que el plan de nuestro Dios no sea lo que nos gustaría que fuera. Tal vez su Dios no obre un milagro. O tal vez lo haga. Espero por su bien y por el bien de su hija, que haga un gran milagro y sane a su esposa como lo he visto hacer tales milagros. También rezo, a mi manera, porque los milagros sucedan. Pero a veces no lo hacen. Es simplemente un hecho de la vida.
Ahora tengo la mano de mamá con su cubierta de pergamino de papel en la mía, y la miro respirar. Cada respiración es un proceso lento. Ella lucha para aspirar el aire durante largos segundos y por fin lo deja salir de nuevo tan lentamente como lo tomó, algo suena en su pecho. Su cuerpo se está rindiendo. Ella no, pero su cuerpo sí. Mamá luchó. Dios, tenía que luchar. La quimioterapia, la radioterapia, la cirugía. Hay cicatrices y las líneas de puntos de sutura en el cuero cabelludo donde le perforaron y le cortaron. Querían sacar el tumor. Ella quería vivir. Para papá. Para mí.
Me hizo vivir mi vida. Me hizo seguir yendo a la escuela secundaria, seguir estudiando. Me hizo aplicar a las universidades. Incluso me permitió enviar una solicitud a la USC, la Universidad del Sur de California. Una de las escuelas de cine más importantes del mundo. Me ayudó a conseguir becas. Le habló a papá de mi deseo y lo convenció de dejarme ir a donde quisiera. No quería que nosotros discutiéramos, así que no lo hicimos. Papá nunca estuvo de acuerdo, nunca lo aprobó. Pero cuando recibí la carta de aceptación de la USC, paro de fingir mirar otras universidades, se dio cuenta de que era de verdad. Estaba sucediendo. Tal vez pensó que Mamá al estar enferma iba a cambiar de opinión. Tal vez pensó que él podría poner su pie en el suelo y hacerse con la suya, a pesar de lo que yo quería. No sé.
Pero ahora... que está perdiendo la lucha.
Y todo lo que sé es que voy a USC. Mamá comprendió mi pasión, antes de que el cáncer se llevara su alma. Usé mi dinero para comprar una cámara Filmadora y empecé a hacer mis propias películas, piezas artísticas mías, de la vida. Me hice amiga de un hombre sin hogar que vive en Macon e hice un artículo sobre él. El Sr. Sarutobi me ayudó a editarlo y a poner una banda sonora con algunos programas profesionales. Le mostré esa pieza a papá. Dijo que era una pieza buena, pero que si iba a la escuela en Los Ángeles, mis intenciones no importarían. Que me dejaría atrapar por ese estilo de vida pecaminoso de Los Ángeles. Dejé que despotricara y luego se alejó. El cine es mi arte, tanto como la danza. No necesito su aprobación.
He filmado la lucha de Mamá con el cáncer. Me dejó filmar cada momento de su vida. Incluso me salté las clases para ir a filmar la quimioterapia con ella. Dijo que era su legado, que iba a vencerlo, y mi película iba a grabar su victoria.
Mi filmadora está en un trípode en la esquina viéndola morir ahora. Grabando su lucha por respirar, registró sus últimas palabras, de hace dos días: "Te amo, Sakura." Está grabando cada pitido de la máquina que controla los latidos de su corazón.
Ellos han dicho que va a morir en cualquier momento. No entienden por qué aún no lo ha hecho. Yo lo sé, sin embargo. Creo que todavía está luchando. Por nosotros.
Papá se ha ido a buscar un café y algo de comer. Echo un vistazo a la puerta cerrada, pero de una grieta entra un chorro fino de luz fluorescente del pasillo y el chirrido ocasional de las zapatillas de deporte. Ahí está el graznido distorsionado del altavoz: "Dr. Aburame a la siete... Dr. Aburame a la siete, por favor...."
Aprieto suavemente la mano de mamá. Ella me aprieta la mano de nuevo, un soplo de presión. Sus ojos revolotean pero no los abre. Está escuchando.
—¿Mamá?—Ella aspira y lucha por respirar—. Está bien, mamá. Voy a estar bien. Te echaré de menos todos los días. Pero... has luchado tanto. Sé que tienes que irte. Sé lo mucho que me amas y a papá. Yo me encargo de él, ¿de acuerdo? Tú...puedes irte ahora. Está bien. No tienes que luchar más.
Eso es una mentira: no voy a cuidar de papá. Ella necesita la mentira, sin embargo, así que la digo. Un sollozo se escapa de mis labios. Descanso mi cara en su frágil pecho, escuchando el tenue thumpthump...thumpthump...latido... de su corazón.
—Te quiero, mamá. Te quiero. Papá te ama. —He oído el débil latido hacerse más débil, más lento. Pocos segundos entre latidos, entonces casi un minuto—. Te quiero. Adiós, mamá. Ve estar con Jesús.
Esas palabras son la peor mentira. No lo creo. No creo en Dios.
Ya no más.
Alguien está llorando en voz alta, y me doy cuenta que soy yo. Me ahogo. Tengo que ser fuerte por mamá.
Un leve golpeteo de su corazón, su pecho se eleva... cayendo. Un soplo de presión sobre mi mano, una vez, dos veces, tres veces, con fuerza. Entonces nada. El silencio debajo de mi oreja. Quietud.
Se ha apagado el monitor. Ahora lo oigo plano. Un equipo de enfermeras llega en ráfaga, empieza la lucha de la reanimación.
—¡Alto!—Grito desde el fondo de mis pulmones. Ni siquiera me levanto de mi silla—. Sólo... paren. Se ha ido. Por favor... sólo déjenla en paz. Se ha ido.
Papá está en la puerta, un pequeño vaso blanco de plástico de café en la mano. Ve la conmoción, oye la línea plana, ve las lágrimas en mi cara, y oye mis palabras. El vaso se desliza entre sus dedos y golpea el suelo. Café hirviendo, el olor es fuerte y se salpica de café arriba sobre las piernas de sus caros pantalones vaqueros y zapatos de cuero brillantes.
—¿Mebuki?—Su voz se quiebra en la última sílaba.
Estoy enojada con él todavía. Pero es mi padre y ésta es su esposa y la ha perdido ahora. —Se ha ido, papá—digo.
—No. —Niega con la cabeza, empuja a través de la multitud de enfermeras en batas rojas—. No, ella no es... ¿Mebuki? ¿Bebé? No. No. No. —Le acaricia la frente, besa sus labios en un alegato roto, en una súplica silenciosa.
Ella no le devolvió el beso, y él se encoge. Se desliza por el piso, agarrando los barrotes de metal de la barandilla de la cama. Sus gruesos hombros temblando, pero permanece en silencio mientras llora.
Su dolor es horrible de ver. Como si se hubiera roto algo dentro de él. Destrozado. Cortado por el cuchillo de un Dios indiferente.
—¿Por qué Él la dejó morir, papá? —No puedo evitar que las palabras escapen de mis labios.
Son palabras crueles, porque sé que él no tiene las respuestas. Siempre he sabido la realidad: su Dios es una farsa.
Está de rodillas al lado de su cama. Las enfermeras le miran en silencio y con respeto. Esta es la sala de oncología, que ha visto esta escena una y otra vez.
—Dios... Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Eli Eli lama sabactani? —Él se aleja de mí, se cubre la cara con las manos.
¿En serio? ¿Está escupiendo en arameo ahora? ¿Está haciendo este piadoso espectáculo para las enfermeras? Está muy afligido, me doy cuenta de eso. Pero, ¿por qué tiene que actuar tan condenadamente santo todo el tiempo? Me aparto de él. Me inclino sobre mamá y beso su mejilla que esta enfriándose.
—Adiós, mamá. Te amo —susurro las palabras lo suficientemente bajo, como para que nadie pueda oírme.
Dejo la habitación. Es la número 1176. La ruta de los ascensores es una que podía caminar dormida ahora: giro a la derecha desde la habitación 1176, por el largo pasillo hacia el callejón sin salida. Giré a la izquierda. Otro pasillo largo. Justo en la estación de enfermería, a través de las puertas que se abren en direcciones opuestas, uno hacia ti, y la otra contra ti. Los ascensores se encuentran al final de este corto pasillo, un doble banco de puertas de plata. El botón se ilumina de color amarillo pálido, las flechas hacia arriba y hacia abajo borrosas de mil pulgares presionados contra ellas. No tengo memoria visual del ascensor yendo hacia abajo o de salir del hospital, sólo de ir tropezando hacia la luz del sol. Es un día hermoso, un otoño precioso. No hay nubes, justo ahora, el cielo azul sin fin y un sol amarillo brillante más el aire fresco de Octubre.
¿Cómo puede ser un hermoso día aquel en que mi madre acaba de morir? Debe ser un día negro, y terrible. En cambio, es la clase de día en la que debía estar paseando por el centro de Sebring en el convertible de Ino, escuchando a Guster. Me encuentro a mí misma sobre mis manos y mis rodillas en la hierba, rodeada de coches aparcados. Estoy llorando. Pensé que había llorado todas las lágrimas, pero aun tengo. Aunque no muchas.
Siento la presencia de papá en la hierba junto a mí. Por primera vez en toda mi vida, es algo real. Se sienta en la hierba junto a mí, sin hacer caso de la humedad de los aspersores de hace una hora. Es temprano en la mañana, justo después del amanecer. Había estado junto a su cama durante cuarenta y ocho horas de espera. No me había movido ni una sola vez. Ni para comer, ni beber, ni para hacer pis.
Mamá... Mamá está muerta. No hago caso a mi padre y lloro. Con el tiempo, me levanta de la hierba, me acompaña al coche, y me instala en el asiento trasero de su BMW donde me acuesto. El olor a cuero llena mi nariz, fuerte y picante y húmedo de la ropa. Conduce despacio, y le oigo estornudar. Oigo el pasar suave de su mano sobre su barba de una semana cuando se limpia la cara, limpiándose las lágrimas, dejando espacio para la próxima ola de dolor.
No puedo respirar por los sollozos, por el peso en bruto de la pena. Mamá está muerta. Ella era la única que me entendía. Era el intermediario entre papá y yo. Cuando no me hacía caso, ella hablaba con él por mí. A veces me pregunto si papá incluso me agrada. Quiero decir, él es mi padre, así que sé que siente la emoción patriarcal del amor protector, ¿pero me quiere? ¿Por quién soy yo? ¿Me entiende? ¿Alguna vez lo ha intentado?
Y ahora la única persona que me haya entendido se ha ido. Ido.
—Detente, por favor. —Estoy luchando por sentarme, escarbando en el botón de la ventana, en la puerta con llave—. Voy a vomitar.
El frena y se orilla al arcén de grava, desacelerando lo suficiente para que pueda lanzarme del coche aún en movimiento a la hierba alta y áspera de la carretera. El vomito se derrama de mí como una inundación caliente, quemando mi garganta, y con convulsiones en mi estómago. Mis ojos llenos de lágrimas mientras una ola tras otra brota a través de mí, y gotea de mi nariz. Papá no me ayuda, no me sostiene el pelo hacia atrás. Me mira desde el asiento del conductor, el motor encendido. Una canción de Smith Michael toca suavemente por los altavoces, flotando hacia mí desde la puerta abierta. "La Entrega". No me gusta esa canción. Siempre he odiado esa canción.
Sabe que yo odio esa canción. Me arrodillo en la grava y el césped, agitada, jadeando. Miro por encima de mi hombro. El dolor en sus ojos es como cuchillos. Pero en angustiosa soledad. Está en su propio mundo. Yo también.
Escupo bilis, me limpio la cara con la manga, y con una patada en la puerta le cierro de nuevo. Me deslizo en el asiento delantero del pasajero, hago clic en el cinturón de seguridad colocándolo en su lugar, y luego cambio con enojo la música.
—Sakura, estaba escuchando eso.
—No me gusta esa canción. Sabes que odio esa canción.
Con calma golpea el reproductor de CD de nuevo y toca un botón para saltar la canción. —Es mi coche. Voy a escuchar lo que quiera.
No ha saltado la canción. La mandó a empezar de nuevo. Incluso en medio de la pena, todavía tiene que estar completamente en control.
El coche todavía está parado, así que destrabo el cinturón de seguridad y empujo la puerta para abrirla. —Está bien. Entonces caminaré.
—Son cinco millas Sakura. Entra. Algo estalla dentro de mí. Me dirijo a él y gruño, es un sonido animal, un gruñido gutural sin palabras.
—Vete a la mierda —digo.
Él en realidad jadea. —Sakura Haruno.
No le hago caso y empiezo a caminar. Un coche pasa con un zumbido fuerte enviando una racha tardía de viento fresco. Sale tratando de intimidarme, presiona y ordena. Luego trata de meterme en el coche. Pasa su brazo alrededor de mi cintura y me arrastra a la puerta del pasajero. Le piso fuerte en el empeine. Idiota. Me libro de su agarre, y luego, antes de que sepa lo que voy a hacer, le doy un puñetazo en la mandíbula. Aprieto mi puño y extiendo el brazo y golpeo, cuando se conecta con su mejilla, se tambalea hacia atrás, más sorprendido que lastimado. Mi mano me duele pero no me importa.
—¿Cuál es el plan de Dios ahora, papá? ¿Por qué? ¿Por qué dejar que esto sucediera? ¡Dime, papá! ¡Dime! —Estoy golpeando mis puños en su espalda.
Coge mis manos entre las suyas. —Detente, Sakura. Detente. ¡ALTO! ¡No lo sé! Yo no lo sé. Sólo vayamos al coche y vamos a hablar de ello.
Levanto mis manos libres.
—No quiero hablar de eso. Déjame en paz. —Lo digo con calma. Con demasiada calma—. Sólo... déjame en paz.
Y... él lo hace. Se aleja, dejándome a un lado de la carretera, a kilómetros de cualquier sitio. En ese momento, lo odio. No creía que él me dejaría aquí, aunque yo consiguiera salir del coche. Otro sollozo se desliza a través de mí, y luego otro, y luego estoy chillando de nuevo. Kilómetros pasan por debajo de mis pies lentamente, muy lentamente. Con el paso del tiempo llamo a Ino, mi mejor amiga, y ella viene a recogerme.
Es mi mejor amiga, después de mamá. Quien está muerta. La noticia me golpea de nuevo.
Me meto en el coche de Ino y me desplomo hacia delante contra el salpicadero. —Ella, ella se ha ido, Ino. Ella murió. Mamá murió.
—Lo siento, cariño. Lo siento mucho, Sakura. —Ella apaga la radio y me acerca a su hombro, de nuevo nos dirigimos lejos del Centro Médico de Georgia, y a donde vivimos.
Ino me deja llorar durante mucho tiempo antes de hablar.
—¿Por qué estabas caminando por la carretera? —Ino tiene el acento de la perfecta belleza sureña a fondo. Lo cultiva, creo. Siempre está tratando de sonar menos como un campesino de a mediados de Georgia, pero el acento se arrastra en ocasiones.
—Me metí en una pelea con papá. Él... él siempre tiene que estar a cargo. ¿Sabes? Todo, todo el tiempo. No puedo soportarlo más. No puedo. Todo tiene que ser como él dice. Incluso cuando no estábamos peleando, tenía que controlar lo que hacía, lo que decía y lo que sentía. —Sollocé—. Yo... creo que lo odio, Ino. Que hago. Sé que es mi papá y que debería amarlo, pero es que...es un idiota.
—No sé qué decirte, Sakura. —Ella mira por encima del hombro mientras se cambia de carril, y me lanza una sonrisa simpática— . ¿Quieres quedarte conmigo un tiempo? A mamá y papá no le importa.
—¿Puedo?
—Vamos a tomar tus cosas —dice Ino, tratando de sonar alegre.
Papá está en su despacho con la puerta cerrada. Eso me dice mucho, papá nunca, nunca cierra la puerta de su estudio a menos que esté realmente molesto o "en la profundidad de la oración."
Pongo un montón de ropa y artículos de tocador en mi bolso, agarro mi bolsa de lona de las artes de danza, un alijo de dinero en efectivo de mi gratificación del cajón de mi escritorio. Miro alrededor de mi cuarto, y me siento como si fuera la última vez. En un impulso, cojo mi iPod y el cargador de la mesa, junto con el cargador de mi teléfono. Vuelvo a mi armario y meto toda la ropa en la maleta, sujetadores, bragas, vestidos, faldas, blusas, zapatos de tacón, sandalias, todo ello dentro de mi maleta Samsonite hasta que se desborda y tengo que sentarme en ella para conseguir cerrarla. Yo había planeado hacer las maletas después, pero por alguna razón las estoy haciendo ahora. Esto es todo. El fin.
Tomo los carteles de varios bailarines en mis paredes, los carteles de cine de Broadway del viaje a Nueva York al que mamá y yo fuimos por mis dulces dieciséis...todo parece juvenil. La habitación de un niño. De una niña. Incluso hay un estante en una esquina llena de muñecas American Girl de mi infancia, todas vestidas de forma minuciosa y sentadas en fila.
Una última mirada. Una foto enmarcada de mamá y yo en el Times Square va en mi bolso. Se veía tan feliz allí, y yo también. Ese viaje fue lo que inspiró mi amor por la danza.
Mi bolso de danza echado encima de mi hombro mientras saco la maleta por las escaleras. El golpe rodando paso a paso hasta que estoy cerca del umbral. La puerta principal está delante de las puertas francesas cerradas del estudio de papá a mi izquierda. Una de ellas se abre y papá llena el espacio, con los ojos enrojecidos, y el rostro demacrado.
—¿A dónde vas, Sakura? —Su voz es ronca.
—A casa de Ino. —Tengo la carta de aceptación de la USC, el sobre con mi asignación de habitación, la información de mi nuevo compañero de cuarto, y las instrucciones de registro—. Y me voy a la universidad la semana que viene.
—No, no lo harás. Somos una familia. Tenemos que permanecer juntos durante este difícil momento. —Trata de dar un paso más cerca de mí, y retrocedo—. Tu madre acaba de morir, Sakura. No te puedes ir ahora.
Me enfado con una risa incrédula.
—Sé que ella murió. ¡Yo estaba allí! La vi... La vi morir. Me tengo que ir, tengo que salir de aquí. No puedo quedarme aquí. No pertenezco a este lugar.
—Sakura, vamos. Eres mi hija. Te quiero. Por favor...no te vayas.
Sus ojos están húmedos. El verlo llorar duele, pero no cambia el hecho de que yo lo odio.
—Si me amas tanto, ¿Por qué me dejaste a un lado de la carretera? —Sé que no es justo, pero me da igual.
—¡Te negaste a entrar en el coche! ¿Qué se supone que debía hacer? ¡Me golpeaste! —Se desploma hacia el lado, contra la puerta cerrada, con la cabeza apoyada en la madera. Una lágrima resbala por su mejilla—. Ella era mi esposa, Sakura. He estado con ella desde que tenía diecisiete años. Perdí a mi mujer.
Tiro la cabeza hacia atrás, tratando de no llorar.
—Lo sé, papá. Lo sé
—Quédate. Por favor, quédate.
—No, yo...no puedo. Simplemente no puedo. —Sujeto la correa de mi bolso morado con estampado de Vera Bradley en las manos y la tuerzo.
—¿Por qué no?
Niego con la cabeza. —Simplemente no puedo. Tú no me entiendes. No sabes nada de mí. Sé que ella era tu esposa, y sé que estás sufriendo tanto como yo. Pero... sin ella, no sé qué hacer. Hizo este trabajo con la familia. Sin ella... sólo somos dos personas que no se entienden la una a la otra.
Parece tan confuso.  —Pero...Sakura...eres mi hija. Por supuesto que te entiendo.
—Entonces, ¿por qué me gusta bailar?
Parece estar desconcertado por la pregunta. —Porque eres una chica. A las chicas les gusta bailar. Es sólo una fase.
Tengo que reír en voz alta. —Dios, Papi. Eres un idiota. ¿Porque soy una niña? ¿En serio? —Me quejo de disgusto y alzo la bolsa de baile de vuelta en mi hombro—. Eso es exactamente lo que quiero decir. No entiendes la primera cosa sobre mí. Soy igual que mamá solía ser antes de que ella se casara contigo. Ya lo sabes. Y eso es lo que te molesta de mí. Era una bailarina libre y salvaje, y se casó contigo y cambió por ti. No voy a hacer eso. Esa fue su elección, y eso está bien. Para ella. Pero no es mi elección. No quiero ser la esposa de un pastor, papá. No quiero ir a las reuniones de oración todos los miércoles, dos servicios en domingos y pequeños grupos, los lunes y los jueves al estudio bíblico de las mujeres. Esa no es mi vida. A mí ni siquiera me gusta la iglesia. Nunca lo ha hecho.
Dejé que asimilara todo, y luego deje caer la verdadera bomba:
—No creo en Dios.
El labio de papá se rizo con horror.
—Sakura, no sabes lo que estás diciendo. Estás molesta. Es comprensible, pero no puedes decir esas cosas.
Me dan ganas de gritar de frustración.
—Papá, sí, estoy molesta, pero sé exactamente lo que estoy diciendo. Esto es algo que he querido decir por años. No lo había hecho porque no quería molestar a mamá. No quiero pelear. Básicamente soy un adulto, y... ya no tengo nada que perder.
—Sakura, tienes dieciocho años. Crees que eres un adulto, pero no lo eres. Nunca has trabajado un día de tu vida. Tu ropa, tu manicura, tus clases de baile, todo, todo lo ha pagado la generosidad de la congregación de la iglesia...que yo construí por mi cuenta. Empecé con seis personas en la parte de atrás de un restaurante en 1975. No durarías ni un día por tu cuenta.
Algo malo que decir.
—Mírame.
Recojo mi maleta y extiendo el mango, levantándola sobre sus ruedas, gruñendo cuando el peso casi me vuelca.
Papá se mueve delante de la puerta. —No te vayas, Sakura.
—¡Fuera del camino, papá!
—No. —Cruza los brazos sobre el pecho.
Dejo la maleta en posición vertical y me froto la frente con el dorso de la muñeca. —Deja que me vaya.
—No. —Parece hincharse, para tomar fuerzas para desafiarme—. No te vas a ir a Babilonia. Los Ángeles es el hogar de... de..., las prostitutas y los homosexuales. No vas a ir allí. No te irás.
—Papá, sé razonable. —Trato con el método de los halagos—. Por favor. Has sabido que esto es lo que he querido desde antes de que Mamá se enfermara.
—No te irás. Eso es el final.
Grito a continuación, un aullido furioso. —Dios, eres tan jodidamente testarudo.
Quiero que le sorprenda mi vulgaridad, no me gusta insultar, pero quiero hacerlo enojar. —¡Sólo tienes que moverte fuera del camino!
Me empujó hacia él, y se mueve. Soy una chica alta, fuerte por la danza. Se tambalea hacia un lado y abro la puerta con tanta fuerza que se estrella contra la pared, agrietando el yeso y golpeando un cuadro con la imagen de mamá y papá cuando eran jóvenes, antes de que yo naciera.
Agarra el marco de la puerta abierta, la tristeza en su rostro.
—Sakura...por favor. No me dejes.
Quiero amarlo. Quiero que sea el padre que necesito, el tipo que me abraza y me tiene cerca. Del tipo que me conforta. Mi madre, su esposa, está muerta. Los dos hemos perdido. Pero en vez de unirnos, eso nos está dividiendo.
Ino está allí horrorizada, a las afueras de la puerta. Coge la maleta y corre hacia el coche, hace abrir el maletero, y guarda la negra y pesada maleta. Sigo tras ella, deteniéndome al llegar a la puerta abierta del coche, a punto de entrar, miro hacia atrás a mi padre sobre la tela azul del techo del convertible descapotable. Está de pie en la puerta, con una mirada perdida. Casi me vuelvo. Casi.
—Adiós, papá. —Es el último intento.
Me mira y da un paso hacia mí, con endurecimiento en sus ojos.
—Sakura, por favor. No nos rompas de  esta manera. No nos hagas esto.
—¿Cómo puedes decirme eso? No me voy para siempre. Sólo voy a la universidad, papá. Yo... sólo estoy haciendo lo que es correcto para mí. Por favor trata de entender.
—Si dejas esta casa, haz hecho tu elección. Si te vas, deliberadamente estas eligiendo el pecado.
—¡No es pecado! Es mi vida. ¿Por qué no puedes ser razonable?
Aprieta los puños, enderezando la espalda. —Estoy siendo razonable. Entra y vamos a discutir de nuevo tus opciones.
—Tengo que irme, papá. Tengo que hacerlo. Voy a volver —digo de pie delante de él—. Te quiero. Lo sé...Sé que hemos tenido nuestras diferencias, pero...Te amo.
—¿Quédate, entonces? —Toma mi mano, el hierro de su mirada, ablandándose ligeramente.
Retiro mi mano. —No, Me tengo que ir.
—Entonces has hecho tu elección. Adiós, Sakura. —Se aleja de mí y cierra la puerta sin mirar atrás.
Y así, estoy aquí, sola en el mundo.

Continuará...



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